jueves, 25 de julio de 2019

Diario

Su barba crecía descontrolada haciéndole aparentar más años de los que tenía. Las ojeras y las camisas con lamparones no añadían nada positivo a su aspecto. No era que antes fuese muy presumido, pero le gustaba atusarse la perilla cada mañana y cuidar su vestuario.

Pasó delante del espejo de su cuarto desatendiendo a su reflejo. Cogió el cuaderno que había dejado sobre el escritorio dos meses atrás. Acumulaba polvo pero ni un solo día había olvidado su presencia. Daba igual lo cansado de la jornada. Daba igual que no encendiera la luz para arrastrarse hasta su cama. Daba igual que hubiese sido un gran día. Su pensamiento se desviaba siempre hasta aquel rincón. Él lo había estado ingorando a sabiendas de que eso era peor. El aburrimiento le estaba consumiendo y supuso que activar su rencor era la mejor forma de pasar la tarde.
 
Se acomodó en el sofá y comenzó a pasar las páginas a la vez que afloraba el ansia por arrancarlas. Leía algunos párrafos y observaba las fotografías sin llegar a reconocerse. Había sido muy bonito, muy mágico, maravilloso, fascinante... y podía seguir añadiendo toda clase de adjetivos que revocasen momentos super emocianantes y super falsos. Al final todo había sido una mentira que él se había encargado de ampliar con sus propias ensoñaciones. Se detuvo conteniendo su rabia en la última página.

Desde luego que la mejor de las opciones era deshacerse del cuaderno y acabar con aquella estupidez. Respiró hondo y optó por pasar a la siguiente página en blanco y comenzar a escribir. Más tarde le buscaría un rincón especial en su cuarto en el que refugiarlo de sus arrebatos.

Quizá no volvería a escribirlo. Quizá no volvería a leerlo. Quizá incluso llegara a olvidarlo. Había conseguido que dejara de ser un capítulo anquilosado en su memoria.


   A VECES SE PIERDE, A VECES SE GANA, PERO SIEMPRE SE APRENDE

lunes, 22 de julio de 2019

Planes

Extendió el calendario en el escritorio y empezó a redondear los días con diferentes colores. Apenas iba a pasar allí un mes y, con la excusa de llevar demasiado tiempo fuera de casa, se había empeñado en buscar tareas para cada tarde.

Después de media hora consagrada a los rotuladores, y móvil en la mano para cuadrar horarios con sus amigos, dio por concluida la tarea con una terrible sensación de incomodidad: quedaban tres días en blanco. No la disgustaban los planes improvisados pero no era el momento. Tampoco estaba dispuesta a dejar pasar todo el mes sin hablarlo. Era una cuestión de tiempo. Lo estaba postergando, ya está.

Miró a través de la ventana. Los primeros rayos del atardecer coloreaban de tonos naranjas y violetas el cielo. Una suave brisa removía las hojas de los manzanos y en el jardín sus primos se perseguían en bañador. Se mordió el labio. Más allá estaba ella, con su sonrisa y perenne quietud.

Cogió el móvil y revisó la lista de contactos... le quedaban pocas opciones y tampoco era plan de juntarse con quien no quería con tal de rellenar el calendario. Quizá podría organizar un segundo encuentro con los del instituto... o comentarle a sus tíos cuánto echaba de menos ir a bañarse al pantano.

Un gorrión se posó en el marco de la ventana. Se observaron un instante y comenzó a piar. Sonrió y antes de que se diera cuenta una lágrima descendía lentamente por su mejilla izquierda. Recordó cuando, con ella, cerraba los ojos y trataba de identificar el tipo de ave y su localización precisa. Eso sí lo echaba de menos.

No podía seguir postergándolo. Arrancó la página del calendario y la tiró a la basura. Cancelaría algunos reencuentros, había uno al que debía darle prioridad.

miércoles, 17 de julio de 2019

Pulseras y otra clase de estupideces

Era su primer día de colegio pero Noah ya sabía perfectamente en lo que consistía ser nuevo en las primeras jornadas de la escuela. Llevaba cinco años cambiando de ciudad e incluso a veces de país. De cada uno de ellos conservaba una pulsera; eran sus amuletos de la suerte. Se las colocó en la muñeca derecha y salió de la casa hacia el colegio.

Noah sabía que al año siguiente volvería a cambiar de lugar de estudio, pero aún así siempre se esforzaba por hacer amigos y disfrutar de los compañeros más allá de que muy posiblemente no volviera a verlos.

A la hora del recreo se acercó a un grupo de compañeros de clase. Enseguida se fijaron en sus pulseras.

-Sabes que esos colores no pegan con el uniforme, ¿no? - comentó una chica de ojos verdes.

-¡Oh, que horror! No puede ser, quítatelas... ¿Te obliga tu madre? - se extrañó otra.

-No... las llevo porque me gustan. Yo creo que el azul combina bien con el uniforme.

-No es eso, es que no puedes llevarlas juntas, no tiene ningún sentido. Es como decir que te gusta la ensalada y el pollo. O una cosa o la otra - razonó el chico.

-Es por tu bien, llevándolas todas nadie se va a acercar a ti - mencionó la de los ojos verdes.

-Vosotros también tenéis pulseras - observó Noah: eran tres de cuero y anudadas en el brazo izquierdo.

-Sí, pero son las de aquí y no se contradicen entre sí.

-Pues a mi me gustan las que llevo y no me las voy a quitar porque me traen buenos recuerdos.

-Tú sabrás.

Y los tres se alejaron tras una mirada de desprecio. Noah tardó varios segundos en reaccionar pero no se esforzó en perseguirles. En la siguiente clase se dio cuenta de que la mayoría de sus compañeros llevaban esas mismas tres pulseras de cuero, al igual que copiaban peinado mochila y dejadez. Todos cortados por un mismo patrón: frío, monótono, muerto.

En una esquina estaba Ariel: mostraba orgulloso sus pulseras y exhibía una mirada cargada de vida. Enseguida congeniaron y se propusieron luchar juntos contra la tiranía de los clones, defendiendo un mundo lleno de aristas.

jueves, 11 de julio de 2019

Paradas

Desde que cogiera aquel tren hacía cinco meses no había vuelto a pisar tierra firme. La sonrisa de Zoe lo iluminaba todo. Había viajado por medio mundo y se sentía plenamente feliz, pero el tiempo voló sin que fuera consciente y cuando el tren se detuvo en aquella estación no pudo sino sentirse abrumada.

Zoe miró a través de la ventana y comprobó en su billete que se encontraba en su destino. Se planteó por un instante ignorar aquella parada pero a lo lejos visualizó un nuevo convoy para el que ya había reservado el tique.

Contempló a sus compañeros de vagón y rio a carcajadas contagiándoles su entusiasmo. Recogió su maleta. Pesaba bastante más de lo que recordaba. Les informó de su partida pero no se despidieron. Volvería. Zoe solo podía pensar que volvería.

Se acarició el pelo pensando si debía arreglarlo para su nuevo destino. Rechazó la posibilidad y comprobó cómo seguía la rutina en el que había sido su hogar los últimos tiempos.

Tragó saliva. Aún debía validar el billete del nuevo tren, ni siquiera tenía la certeza de que pudiera subirse porque había veces que no llegaba a parar, por eso era solo una reserva, nadie sabía las intenciones de los conductores.

Y entonces dudó. Y dudó con la única certeza de que estaba siendo feliz. Giró sobre si misma observando la estación. Debía tomar una decisión.

Zoe se lanzó sin miedo.

domingo, 7 de julio de 2019

Un tiempo presente

Páginas en blanco
delatan las ausencias,
miradas al vacío
sucumben a la nostalgia.
Y después...

Después todo:
de nuevo.
Regresan los recuerdos.
Regresan.
Existen.
Todo lleno.
Todo lleno y vivo.
Pasado.
También presente.
Presente y futuro.
Todo lleno.

Aparecerán las grietas,
temblará la tierra,
caerá la noche
después de cada día...
y siempre quedará luz.

Calma.
Complicidad.
Confianza.
Todo lleno.
Silencio.
Calma.
Todo lleno.

Caricias de fango
romperán las cadenas.
Habrá cerrojos,
puertas de hierro
y algo de sangre
que aderece las velas.
Llegará la luna llena,
llegarán los sueños
y alcanzar la cima.
Llaves sumergidas
en tierra y agua.
Equipo.
Todo lleno.
Todo vivo.
Todo.

Manos que atrapan
sonrisas de tardes lluviosas;
páginas en blanco
que no necesitan palabras.
Miradas...
Miradas llenas.

martes, 25 de junio de 2019

A cinco días para zarpar

No habrá telón que se levante, ¿y qué? ¿Acaso desaparece la vida detrás de las cortinas?

Medio desnudos y no sólo es una cuestión de vestuario, ¿y qué? ¿Acaso nuestros músculos se detendrán porque una tela no los recubra?

Bucearemos en un océano que aún no conocemos, ¿y qué? ¿Acaso no llevamos una vida aprendiendo a respirar?

Si la perfección no existe, ¿por qué insistir en que nuestros dedos se desangren si pueden ser acariciados en la imperfección?

Jamás se desdibujaron tanto los caminos, y no hablo solo del teatro donde quizá estén precisamente más delimitados. La confianza lo desborba todo, se escapa de la bañera e inunda nuestras miradas de complicidad. Suena rimbombante, recargado de adjetivos que invitan a la minuciosidad de un ensayo que, sin embargo, no existe. ¿Y qué? ¿Acaso no somos y trabajamos como un equipo? ¿Acaso el teatro no es precisamente la fuerza de unas emociones que estallan como si nunca antes lo hubiera hecho?

Lo mismo todo es demasiado optimista, lo mismo mañana terminamos a gritos asqueados del exceso de unidad, lo mismo el precipicio termina por ahogarnos en el abismo...

De momento es un soñar, con los errores y los aciertos, con los nervios y la incertidumbre por embarcar a tiempo aún cuando muchos ya conocen ese vértigo del teatro. ¿Por qué cortarnos las alas ahora que nos lanzamos a volar?

Llevamos 1500 metros navegando, el vacío nos aguarda.

lunes, 17 de junio de 2019

Frente al olvido

Seguía ahí. Su presencia era evidente pero no se parecía en nada al lugar de sus recuerdos. Probablemente de haber sabido cual sería su final, hubiera tratado de disfrutar aún más si cabía aquellos días ya tan lejanos.

Avanzó bajo el eco de las olas, posando sus pies descalzos sobre una tierra que no tanto tiempo atrás era bien frondosa. Sentía cómo se le clavaban las piedrecitas con cada paso, pero siguió avanzando.

Sabía que detrás se encontraba el mar pero no podía ver sino la maleza que había devorado el lugar de sus noches de ensueño. Por un momento se planteó la posibilidad de que realmente aquello fuera lo... ideal, ¿por qué no? Eran tan solo el curso de la naturaleza... Pero no... todo puede permanecer si se cuida y se quiere que así sea.

Se sentó en la piedra sintiéndola más fría que nunca pese a conservar sus grietas y desniveles. Cerró los ojos y acarició su superficie. Sonrió con amargura.

No solo se culpabilizaba a sí misma, tampoco podía achacarle responsabilidades a desconocidos que paseaban a menudo por allí, pero sí podía enfadarse con aquellos con los que compartía un pasado amarillento desgastado por el salitre.

Por su parte, le pondría remedio siendo consciente de que nunca volvería a ser igual, pero quizá otros pudieran disfrutar como lo hizo ella.