sábado, 11 de abril de 2026

Un adulto funcional

Cargas la compra por las escaleras porque tu edificio no tiene ascensor. Te cuesta pero llevas varios años viviendo en el bloque y tus piernas y tus brazos ya están hechos a esos "esfuerzos".

Abres la puerta, sueltas las bolsas sin ningún cuidado y al instante recuerdas que habías comprado huevos. Compruebas la huevera. Todo parece estar bien. Has tenido suerte en esta ocasión. Te descalzas y dejas las zapatillas en mitad del pasillo. Te gustaría tener unos de esos mueblecitos en la entradita pero no es que tengas mucho espacio.

Vas a la cocina y bebes un poco de agua del grifo en uno de esos vasos que antes fue recipiente para la nocilla. Tu vajilla se compone principalmente de piezas desiguales entre sí: las pocas que te dejó el casero, las que te regaló tu madre, un regalo que te trajo tu primo, elementos comerciales varios y alguno que se te antojó en mercadillos de pueblo.

Abres la nevera. Está raquítica. A excepción, obviamente, de medio limón seco en el fondo del cajón de la verdura, y un conjunto variado de salsas. Habrías ido antes al supermercado pero no es que tengas tanto tiempo libre. Colocas la compra: productos que estaban rebajados por próxima caducidad y un par de caprichillos (yogures con chocolate en lugar de los naturales de marca blanca y un par de cervezas). Luego vas a la despensa y dejas la leche junto a los botes para guardar la pasta con etiquetas medio borradas de judias verdes, mermelada y lentejas que caducaron hace seis años. Te das cuenta que has vuelto a olvidar por tercera semana consecutiva que ya tienes varios paquetes de arroz - es que estaba en oferta. Abres en el móvil una aplicación que utilizas para la lista de la compra (un compendio de supermercados con elementos destacados en función de los precios más bajos) y apuntas en mayúscula que no debes comprar más arroz.

Te tiras un rato al sofá. Tú querías ir al gimnasio, pero entre las agujetas de la clase de body combat  de hace dos días y la paliza de toda la semana en el trabajo, no te sientes capaz. Vamos que no tienes ni pizca de ganas. Te prometes ir mañana sin falta. Spoiler: te va a dar tanta o más pereza que hoy y no irás. Pero la semana que viene cumplirás a rajatabla. Ni que sea por ver al tío que entrena brazos y que menudo cuerpo se gasta. Pasas la siguiente media hora viendo videos en redes sociales. Uff, estaría bien leer un ratito... aunque no te acuerdes ya de qué iba el libro que tenías empezado. Lo dejas para otro momento en que tengas más tiempo y mejor concentración. Sientes la cabeza tan agotada que crees que podrías hasta disfrutar de observar a una araña quieta en su red.

Piensas en la cena. No, piensas que quieres comer pero no sabes qué. Últimamente se está convirtiendo en un momento tedioso. Antes lo disfrutabas pero ahora te aburre porque repites las recetas de siempre por la falta de tiempo e inspiración para innovar. Te decides por calentar en el microondas un cuenco con puré de brick. Comes. La casa está en silencio. En parte te alegra, demasiado ruido en la ciudad. En parte, te ahoga esa soledad. No enciendes la televisión. Eso es peor que mirar el móvil. Tu cabeza vuelve al trabajo, a la lista de tareas pendientes y al cliente tocapelotas que pese a todos tus esfuerzos, acabó por amargarte la mañana y el resto del día. Hubiera sido mejor encender la televisión.

Friegas los cacharros, los de la cena, los del desayuno, el tapper de la comida y alguno más que tenías de hace unos días. Te preparas un sandwich para el almuerzo del día siguiente. Ya comerás mejor en el fin de semana. Oye, al menos puedes felicitarte por haber dejado vacío el fregadero.

Vas al baño. Te lavas los dientes después de exprimir con mucho esfuerzo el tubo de la pasta de dientes. Observas la montaña de ropa esperando su turno para pasar por la lavadora. Lo ignoras.

Te pones el pijama y preparas la ropa para el día siguiente. Abres el cajón de la ropa interior y te cuesta seleccionar un par de calcetines entre los que están desparejados, los que tienen algún otro tomate y los que permanecen al fondo sin estrenar porque son feos. Te decantas por unos nuevos. A lo loco, total mañana es viernes. Dejas la cama abierta y te fijas en el calendario que tienes colgado en la pared. Las primeras semanas apuntabas cosas, después tan solo has ido arrancando meses.

Enciendes el ordenador. Sabes que eso es justo lo que deberías evitar hacer antes de irte a dormir, pero mirando el calendario te has dado cuenta de que en unos días es el cumpleaños de tu madre, tenéis comida familiar y tú todavía no le has comprado un regalo. Navegas por internet cerca de hora y media. Lo cierto es que no tienes ni una sola idea de qué comprar y al final se te ha olvidado qué estabas haciendo y te has puesto a mirar precios de casas rurales para las próximas vacaciones; aunque acabaras yendo a casa de tus tíos como siempre.

Recuerdas que tú tenías un móvil. Lo encuentras en el bolsillo de tu pantalón después de un buen rato dando vueltas por el salón y haberte planteado que lo habías perdido en el supermercado. Como si no lo hubieras estado utilizando desde que has llegado a casa. Te han entrado nueve correos (de las varias cuentas personales que tienes porque para qué tener solo una), la mayoría de ellos de spam. Los borras sin abrirlos y te cuestionas porqué sigues suscrita en varios portales. No te das de baja de ninguno de ellos. Por si acaso.

Abres la aplicación de mensajería instantánea. Ha crecido exponencialmente el número de conversaciones pendientes de responder. Te deslizas hacia abajo leyendo los nombres: tu padre, el grupo de colegeo del trabajo, tu prima, la casera, la amiga del erasmus, anda mira, incluso tu hermano, el grupo del instituto incapaz de coincidir en una fecha para verse, aquel amigo que llevas dos años posponiendo contestar porque quieres escribirle largo y tendido y con calma. Vas al chat del chico. El chico. No el del gimnasio. Ese es todo musculitos pero ni una neurona. Tu chico no es que esté muy fibroso pero no tiene mal cuerpo. Él no te ha escrito. Teneis algo pero no del todo. Charlais, tomais algo. Os lo pasais bien. Dudas y finalmente le escribes. Dejas los datos puestos y subes el sonido. Por si contestara.

Te metes en la cama. Pones la alarma. Tu reloj inteligente vuelve a decirte que apenas alcanzarás las cinco horas de sueño. Te da rabia, has estado perdiendo el tiempo con el móvil. Te quedas mirando el techo. Repasas tu día: decidiste ir al trabajo caminando en lugar de coger el bus, y fue una muy buena idea, el otoño está precioso; y ¡oh! estás orgullosa de la dirección que está tomando uno de los proyectos que te encargó tu jefe; los quince minutos que te has parado en una cafetería a la vuelta del trabajo han sido muy agradables, y has descubierto una nueva cafetería; la clase de inglés no ha sido brillante pero te has dado cuenta que estás empezando a pensar en inglés. Piensas en tus primeros días cuando te independizaste, en cómo te aburrías y te agobiabas por todo. Piensas en la niña constantemente enferma que soñaba con vivir en la gran ciudad. Piensas que aún con todas las imperfecciones, estás siendo capaz de sostener tú sola una rutina estable. Te duermes con una sonrisa en los labios.