viernes, 18 de septiembre de 2026

Abuelita, dime tú - 2/4

Regresa a la parte 1

La tía Lourditas se levantaba a eso de las siete de la mañana para salir a correr y el primo Jorge media hora más tarde marchaba en bici a hacer alguna ruta. Entonces la abuela pasaba brevemente por la cocina a beberse casi de un trago un café bien cargadito y se arreglaba en el baño antes de que la marabunta de niños y adolescentes se levantaran con la vejiga pidiendo vaciarse.

Hacía su visita de rigor al cementerio y regresaba brevemente a la casa más por hacerle un favor a sus hijos y demostrar que seguía viva que porque realmente lo necesitara. Bien era cierto que el teléfono la mitad de las veces lo olvidaba en la mesilla y la otra mitad, lo tenía sin batería o misteriosamente estaba en silencio (porque desde luego que ella no había tocado ninguna tecla, lo había hecho el móvil solito y de forma autónoma).

Total, que le hacía un par de carantoñas a algún niño y volvía a irse de paseo. Lo curioso era que no permitía que la acompañaran en el de la mañana. Por más que algún nieto en cuestión insistía, ella se empeñaba en que no podía ser. Su hijo Manuel había intentado seguirla en más de una ocasión, pero en algún cruce de calles acababa por perderla de vista. Y la Araceli tampoco había obtenido mejor resultado aunque cerca estuvo. Josito había estado preguntando por el pueblo pero nadie parecía tener la menor idea, ni siquiera La Trini que era la mejor amiga de la abuelita desde que eran unas niñas de cuna, la mujer le había metido un achuchón de aquí te espero y le había endiñado un par de botellas de orujo con andrinas, pero no había soltado prenda.

Para cuando la yaya volvía ya a mesa puesta, su nuera Anuska al borde del ataque de nervios. La relación entre ellas dos era realmente intensa y, aunque no tuvieran la misma sangre y ni siquiera la misma cultura, el afecto era profundo y mutuo. Anuska la regañaba con verdadera preocupación y la abuela, sin perder su sonrisa, solo insitía en que no era bueno que llevara su cuerpo a ese estado de tensión innecesario.

Tomás y Benito, bien entrados en su edad del pavo pero no por ello menos conscientes de lo raro del reciente comportamiento de su querida abuelita, se esforzaban día tras día por sacarle a dónde narices había ido. Paola sospechaba que pudiera tener una plantación de marihuana. ¡Qué más le hubiera gustado a ella que su abuela le pasara unos gramos a mejor precio que en el mercado negro! Toñete bromeaba con que la abuela se había echado novio y ella, con los mofletes sonrosados y un intento de profunda seriedad, le decía 'Anda, anda, que yo no estoy para esos trotes'. Pero Valentina, que llevaba desde el inicio del verano saliendo en secreto con una chavala del pueblo, la abrazaba e insistía en que la dejaran en paz. 

Próximamente continúa con la parte 3

lunes, 14 de septiembre de 2026

Abuelita, dime tú - 1/4

Con sus ochenta y nueve años a la espalda, cinco hijos, catorce nietos, y el primer bisnieto en camino, dos operaciones de rodillas, una de cadera y ambos ojos de catataras, la abuela de pronto estaba irreconocible. Que no era que la mujer hubiera perdido nunca su alegría, más allá, obviamente, de haber tenido que despedirse de su marido y algún hermano, pero es que  llevaba unos días con una energía tan desbordante que despertaba la envidia de sus amigas, y el miedo a la cercanía de su final en sus hijos.

La mujer había sido de madrugar hasta bien entrados sus setenta años. No había llegado a trabajar nunca porque no había tenido la necesidad y se sentía feliz y realizada en su día.  Preparaba sus buenos pucheros, fuera invierno o verano, y siempre tenía un par de dulces en cantidad casi industriales recien salidos del horno. Luego aprovechabа las tardes cosiendo: que si arreglando el bajo de algún pantalón, remendando camisetas, zurdiendo sus propias prendas, e incluso confeccionando elaboradas mantelerías y mantitas para cada nieto, sobrino y otros criajos de familiares y vecinos; todo ello sin quitarse de echar su partidita de cartas a la hora de la siesta y su chatito de vino con las amigas al atardecer.

Luego su propio cuerpo, por el simple transcurso de los años, la fue hacienda algo más torpe y fue reduciendo de a poco la actividad. La insistencia de sus hijos en que ya estaba mayor, también la había desanimado y fue dejando de ocuparse de la cocina y de hilvanar la aguja; no por pereza realmente sino sintiéndose cada vez menos útil.

Lo había aceptado como parte del transcurso natural de la vida y como ya antes había visto a sus propios padres irse consumiendo lentamente. Lo había aceptado pero no por ello se había limitado a dejar que los días pasaran, se daba su paseito por la mañana, salía a la compra, a desayunar con alguna amiga, participaba en actividades del centro de mayores y visitaba a nietos y sobrinos que vivieran en un radio inferior a una hora de transporte público.

Y de pronto ese verano, con la casa del pueblo en un continuo trasiego de familia entrando y saliendo entre las vacaciones y el descanso de las altas temperaturas de la ciudad, la abuela casi estaba irreconocible.

Continúa con la parte 2

jueves, 10 de septiembre de 2026

Recuperar(se)

La alarma del móvil suena a las siete y tres minutos de la mañana. Es sábado y no tiene que trabajar pero hace ya un tiempo que ignora su descanso. La productividad. La puta rutina. Apaga el despertador y remolonea. No tiene intención de volver a dormirse a pesar de que anoche acabaron de darle casi las dos viendo videos en internet.

Permanece en la cama. Hubiera dicho que fue solo un parpadeo. Pero son las once y media ya. Se levanta de un salto se maldice. Corre descalza por el pasillo hacia el baño, no porque necesite ir urgentemente sino porque debe recuperar el tiempo perdido. Tenía un esquema. Sus horarios bien organizados. Piensa que puede saltarse la ducha y el desayuno. Con eso le gana treinta y nueva minutos a la planificación del día. Y puede pedir la compra online y que se la lleven a casa. Su bolsillo lo notará pero lo toma como el pago de su despiste. Otros veintisiete minutos ganados, puede que un poco más si hace el pedido mientras baja las escaleras de su edificio camino al gimnasio.

Corre de nuevo por el pasillo hasta su habitación. Se golpea con la pata de la cama en el dedo meñique del pie derecho. Cae doblada de dolor. Como si no tuviera suficiente con haberse quedado dormida que ahora va a terminar de mandar a la mierda su planificación por pasarse el día en urgencias.

Permanece un rato en el suelo. La casa en completo silencio. En verdad se siente descansada y su dedo no duele tanto. Comprueba la hora. ¿Y qué más da? Le ruge el estómago. ¿Y si no le hiciera caso a la agenda?

¡Caprichosa! ¡Débil! ¿En serio va a romper su racha de rutina perfecta? Vale que siempre surge algún imprevisto... ¡pero no altera tanto su planteamiento! Intransigente. Inútil. ¡Venga ya, ¿y qué más?!

Gatea hasta el zapatero y revuelve entre botas y demás calzado que hace meses (o años) que no se pone porque solo las deportivas le favorecen el ritmo frenético. Saca unas sandalias. Se las prueba y se pone de pie. ¿Se puede saber qué está haciendo? Para. ¿QUÉ. ESTÁS. HACIENDO?

Observa la cama deshecha. La ignora. Abre el armario. Hay un vestido que aún no ha estrenado. Diría que ha engordado. Cierra el armario y va hasta el salón. No tiene ningún sentido que eche por tierra toda su planificación del día. Se siente cómoda con las sandalias.

Cierra la agenda y la mete en un cajón. Se pone el vestido y se mira en el espejo. Le sienta muy bien. Se siente... guapa. Mete el móvil y la cartera en una bolsa de tela. Guarda también dentro el libro que lleva seis meses en su mesilla. Decide que no se va a maquillar.

Sale de casa. Camina solo por calles estrechas y poco concurridas. Sin prisa. Como si de pronto entendiera lo que es tener un día libre. Encuentra una cafetería muy cuca que no parece especialmente cara. Pide un café con leche y un trozo de tarta de chocolate. Se sienta en un rincón junto a la ventana. Quita los datos del móvil. Disfruta del desayuno mientras lee. Hacía tanto tiempo que no dejaba de sentir esa presión en el pecho que por un momento se asusta. Degusta la tarta sin cargos de remordimiento. Se deja llevar. Debería repetirlo con frecuencia.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Elige

Novecientos euros. ¿El alquiler a diez minutos del trabajo y a cuarenta minutos de una extensión de más de veinte metros cuadrados de naturaleza, o el chalet en mitad de la montaña a una hora de atasco en coche (porque lo de los horarios del autobús mejor no valorarlo)?. Ese concepto al que llaman calidad de vida y unas cuantas úlceras de estómago.

Trescientos euros restantes. La nevera compuesta por ofertas, descuentos por próxima caducidad y marcas blancas. ¿Repetir la misma comida tres días seguidos o la lechuga de tu propio huerto?. No, no, un buen pescado, un pedazo de salmón bien grande. ¡Utilizar el horno! Y es que ojo con encender una lámpara cuando todavía puedas ver si estás cogiendo un cuchillo jamonero o un bolígrafo con pompón. ¿La lavadora cargada hasta que no entre un alfiler o la ducha con agua caliente?.

Cien euros en la cuenta. El abono de transporte. Las pastillas de la alergia. Ojo con pillarte un resfriado. ¿Montar en bici encerrado en un gimnasio o por mitad de una ciudad llena de kamikazes?. El mapa marcado de tiendas de ropa de segunda mano. ¿Cuándo fue la última vez que estrenaste un pantalón nuevo, nuevo de verdad? ¿Las bragas con la cuerda elástica totalmente dadas de sí o unas botas que no tengan goteras?. Un café muy de vez en cuando. Recargo extra de setenta céntimos por querer leche sin lactosa o de avena. La camarera que te observa convencida de que te has subido al carro de la modernidad y ni se le ocurre pensar que quizá tu cuerpo no tolera la unión de una molécula de glucosa y otra de galactosa.

Veintisiete euros. El ahorro para el viaje de navidad o para el master con el que llevas años tonteando. ¿Una beca? Solo si primero puedes costeartelo.

sábado, 29 de agosto de 2026

La parada: él

Regresa a La parada: ella

Los autobuses se suceden hasta que la estación queda prácticamente vacía. Entonces ella se pone en pie y se calla durante veinte segundos, relaja el rostro, le tiende la mano y le propone ir a cenar juntos a un restaurante asiático próximo, estarán por cerrar su jornada pero para ella, presume, seguro que pueden esperar un poco más. Casi parece que en un parpadeo la chica que discutía insaciable hubiera sido sustituida por una hermana gemela de actitud pacífica. Pero no ha sido así. Sigue siendo ella. Ella con la misma disposición de siempre.

Él se pone en pie, no la mira y echa a caminar. Ella le recuerda que hay otra salida más próxima. Él la ignora. Ella corre hacia él suplicante, se arrodilla e incluso, gimotea, luego hasta deja escapar alguna lagrimilla. Él continúa compasivo. Ahora es ella la que suplica una disculpa y pide que le de una nueva oportunidad. Él, ahora sí, se detiene y la mira fijamente a los ojos. Pronuncia con claridad un "se acabó", corre hacia uno de los búhos que ya está cerrando las puertas y se sube.

Ella queda tirada en mitad del pasillo con los ojos cerrados y sin saber reaccionar.

martes, 25 de agosto de 2026

La parada: ella

La estación de autobuses es un hervidero de gente yendo y viniendo, unos iniciando sus vacaciones, otros regresando, algunos simplemente huyendo de la capital durante el fin de semana y unos pocos marchando de o hacia el trabajo. La mayoría de bancos son ocupados por un breve espacio de tiempo, pero hay uno justo en la mitad del pasillo en la que están una pareja sentados desde hace más de hora y media.

Rondarán la treintena. Ella lleva un vestido corto y muy escotado; él un vaquero con una sencilla camiseta verde. Discuten. No, dos no discuten si uno no quiere. Ella le regaña, le echa en cara detalles estúpidos aún reconociendo que no es para tanto, pero le sigue chillando como si fuera un error mortal. Tiene una voz irritante, aguda, de las que se te clavan en el tímpano y no consigues sacarte con la música a tope en los auriculares. Él, cabizbajo, murmura disculpas cada poco tiempo. Ella no las acepta, las critica incluso.

Algún transeúnte se detiene y les observa momentáneamente. Ella les dedica una fría mirada y continúa su discurso, como si realmente fuera un texto político para el próximo debate electoral, con las justas propuestas de mejora y una tonelada de mentiras con las que tapar sus propios escándalos. Él se siente humillado, más por la situación que por ser consciente de las miradas indiscritas. Y ella sigue y sigue repitiendo temas, desgranándolos hasta la saciedad, incansable.


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viernes, 21 de agosto de 2026

Vacaciones

- Una camiseta, un pantalón, el bañador, las gafas de buceo, una falda, las chanclas, el pijama, calcetines, ropa interior, unas deportivas y el neceser. Y luego llevo dos libros (para el ebook ya no hay hueco y hay que saber contenerse), cinco cuadernos y diez bolígrafos (porque cada historia tiene su propia tinta más su correspondiente repuesto, por si acaso).

- ¿Y cuánto tiempo dices que te vas?

- Seis... días... mmm... tienes razón, creo que debería sacar las deportivas; con las zapatillas que llevo puestas es suficiente... y la falda también la quito, me voy de vacaciones, no de fiesta.

- Pensaba que ibas a descansar.

- Sí, por eso solo llevo cinco cuadernos, no ha sido nada fácil la selección.