La tía Lourditas se levantaba a eso de las siete de la mañana para salir a correr y el primo Jorge media hora más tarde marchaba en bici a hacer alguna ruta. Entonces la abuela pasaba brevemente por la cocina a beberse casi de un trago un café bien cargadito y se arreglaba en el baño antes de que la marabunta de niños y adolescentes se levantaran con la vejiga pidiendo vaciarse.
Hacía su visita de rigor al cementerio y regresaba brevemente a la casa más por hacerle un favor a sus hijos y demostrar que seguía viva que porque realmente lo necesitara. Bien era cierto que el teléfono la mitad de las veces lo olvidaba en la mesilla y la otra mitad, lo tenía sin batería o misteriosamente estaba en silencio (porque desde luego que ella no había tocado ninguna tecla, lo había hecho el móvil solito y de forma autónoma).
Total, que le hacía un par de carantoñas a algún niño y volvía a irse de paseo. Lo curioso era que no permitía que la acompañaran en el de la mañana. Por más que algún nieto en cuestión insistía, ella se empeñaba en que no podía ser. Su hijo Manuel había intentado seguirla en más de una ocasión, pero en algún cruce de calles acababa por perderla de vista. Y la Araceli tampoco había obtenido mejor resultado aunque cerca estuvo. Josito había estado preguntando por el pueblo pero nadie parecía tener la menor idea, ni siquiera La Trini que era la mejor amiga de la abuelita desde que eran unas niñas de cuna, la mujer le había metido un achuchón de aquí te espero y le había endiñado un par de botellas de orujo con andrinas, pero no había soltado prenda.
Para cuando la yaya volvía ya a mesa puesta, su nuera Anuska al borde del ataque de nervios. La relación entre ellas dos era realmente intensa y, aunque no tuvieran la misma sangre y ni siquiera la misma cultura, el afecto era profundo y mutuo. Anuska la regañaba con verdadera preocupación y la abuela, sin perder su sonrisa, solo insitía en que no era bueno que llevara su cuerpo a ese estado de tensión innecesario.
Tomás y Benito, bien entrados en su edad del pavo pero no por ello menos conscientes de lo raro del reciente comportamiento de su querida abuelita, se esforzaban día tras día por sacarle a dónde narices había ido. Paola sospechaba que pudiera tener una plantación de marihuana. ¡Qué más le hubiera gustado a ella que su abuela le pasara unos gramos a mejor precio que en el mercado negro! Toñete bromeaba con que la abuela se había echado novio y ella, con los mofletes sonrosados y un intento de profunda seriedad, le decía 'Anda, anda, que yo no estoy para esos trotes'. Pero Valentina, que llevaba desde el inicio del verano saliendo en secreto con una chavala del pueblo, la abrazaba e insistía en que la dejaran en paz.
Próximamente continúa con la parte 3





