jueves, 10 de septiembre de 2026

Recuperar(se) - rematar final

La alarma del móvil suena a las siete y tres minutos de la mañana. Es sábado y no tiene que trabajar pero hace ya un tiempo que ignora su descanso. La productividad. La puta rutina. Apaga el despertador y remolonea. No tiene intención de volver a dormirse a pesar de que anoche acabaron de darle casi las dos viendo videos en internet.

Permanece en la cama. Hubiera dicho que fue solo un parpadeo. Pero son las once y media ya. Se levanta de un salto se maldice. Corre descalza por el pasillo hacia el baño, no porque necesite ir urgentemente sino porque debe recuperar el tiempo perdido. Tenía un esquema. Sus horarios bien organizados. Piensa que puede saltarse la ducha y el desayuno. Con eso le gana treinta y nueva minutos a la planificación del día. Y puede pedir la compra online y que se la lleven a casa. Su bolsillo lo notará pero lo toma como el pago de su despiste. Otros veintisiete minutos ganados, puede que un poco más si hace el pedido mientras baja las escaleras de su edificio camino al gimnasio.

Corre de nuevo por el pasillo hasta su habitación. Se golpea con la pata de la cama en el dedo meñique del pie derecho. Cae doblada de dolor. Como si no tuviera suficiente con haberse quedado dormida que ahora va a terminar de mandar a la mierda su planificación por pasarse el día en urgencias.

Permanece un rato en el suelo. La casa en completo silencio. En verdad se siente descansada y su dedo no duele tanto. Comprueba la hora. ¿Y qué más da? Le ruge el estómago. ¿Y si no le hiciera caso a la agenda?

¡Caprichosa! ¡Débil! ¿En serio va a romper su racha de rutina perfecta? Vale que siempre surge algún imprevisto... ¡pero no altera tanto su planteamiento! Intransigente. Inútil. ¡Venga ya, ¿y qué más?!

Gatea hasta el zapatero y revuelve entre botas y demás calzado que hace meses (o años) que no se pone porque solo las deportivas le favorecen el ritmo frenético. Saca unas sandalias. Se las prueba y se pone de pie. ¿Se puede saber qué está haciendo? Para. ¿QUÉ. ESTÁS. HACIENDO?

Observa la cama deshecha. La ignora. Abre el armario. Hay un vestido que aún no ha estrenado. Diría que ha engordado. Cierra el armario y va hasta el salón. No tiene ningún sentido que eche por tierra toda su planificación del día. Se siente cómoda con las sandalias.

Cierra la agenda y la mete en un cajón. Se pone el vestido y se mira en el espejo. Le sienta muy bien. Se siente... guapa. Mete el móvil y la cartera en una bolsa de tela. Guarda también dentro el libro que lleva seis meses en su mesilla. Decide que no se va a maquillar.

Sale de casa. Camina solo por calles estrechas y poco concurridas. Sin prisa. Como si de pronto entendiera lo que es tener un día libre. Encuentra una cafetería muy cuca que no parece especialmente cara. Pide un café con leche y un trozo de tarta de chocolate. Se sienta en un rincón junto a la ventana. Quita los datos del móvil. Disfruta del desayuno mientras lee. Hacía tanto tiempo que no dejaba de sentir esa presión en el pecho que por un momento se asusta. Degusta la tarta sin cargos de remordimiento. Se deja llevar. Debería repetirlo con frecuencia.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Elige

Novecientos euros. ¿El alquiler a diez minutos del trabajo y a cuarenta minutos de una extensión de más de veinte metros cuadrados de naturaleza, o el chalet en mitad de la montaña a una hora de atasco en coche (porque lo de los horarios del autobús mejor no valorarlo)?. Ese concepto al que llaman calidad de vida y unas cuantas úlceras de estómago.

Trescientos euros restantes. La nevera compuesta por ofertas, descuentos por próxima caducidad y marcas blancas. ¿Repetir la misma comida tres días seguidos o la lechuga de tu propio huerto?. No, no, un buen pescado, un pedazo de salmón bien grande. ¡Utilizar el horno! Y es que ojo con encender una lámpara cuando todavía puedas ver si estás cogiendo un cuchillo jamonero o un bolígrafo con pompón. ¿La lavadora cargada hasta que no entre un alfiler o la ducha con agua caliente?.

Cien euros en la cuenta. El abono de transporte. Las pastillas de la alergia. Ojo con pillarte un resfriado. ¿Montar en bici encerrado en un gimnasio o por mitad de una ciudad llena de kamikazes?. El mapa marcado de tiendas de ropa de segunda mano. ¿Cuándo fue la última vez que estrenaste un pantalón nuevo, nuevo de verdad? ¿Las bragas con la cuerda elástica totalmente dadas de sí o unas botas que no tengan goteras?. Un café muy de vez en cuando. Recargo extra de setenta céntimos por querer leche sin lactosa o de avena. La camarera que te observa convencida de que te has subido al carro de la modernidad y ni se le ocurre pensar que quizá tu cuerpo no tolera la unión de una molécula de glucosa y otra de galactosa.

Veintisiete euros. El ahorro para el viaje de navidad o para el master con el que llevas años tonteando. ¿Una beca? Solo si primero puedes costeartelo.

sábado, 29 de agosto de 2026

La parada: él

Regresa a La parada: ella

Los autobuses se suceden hasta que la estación queda prácticamente vacía. Entonces ella se pone en pie y se calla durante veinte segundos, relaja el rostro, le tiende la mano y le propone ir a cenar juntos a un restaurante asiático próximo, estarán por cerrar su jornada pero para ella, presume, seguro que pueden esperar un poco más. Casi parece que en un parpadeo la chica que discutía insaciable hubiera sido sustituida por una hermana gemela de actitud pacífica. Pero no ha sido así. Sigue siendo ella. Ella con la misma disposición de siempre.

Él se pone en pie, no la mira y echa a caminar. Ella le recuerda que hay otra salida más próxima. Él la ignora. Ella corre hacia él suplicante, se arrodilla e incluso, gimotea, luego hasta deja escapar alguna lagrimilla. Él continúa compasivo. Ahora es ella la que suplica una disculpa y pide que le de una nueva oportunidad. Él, ahora sí, se detiene y la mira fijamente a los ojos. Pronuncia con claridad un "se acabó", corre hacia uno de los búhos que ya está cerrando las puertas y se sube.

Ella queda tirada en mitad del pasillo con los ojos cerrados y sin saber reaccionar.

martes, 25 de agosto de 2026

La parada: ella

La estación de autobuses es un hervidero de gente yendo y viniendo, unos iniciando sus vacaciones, otros regresando, algunos simplemente huyendo de la capital durante el fin de semana y unos pocos marchando de o hacia el trabajo. La mayoría de bancos son ocupados por un breve espacio de tiempo, pero hay uno justo en la mitad del pasillo en la que están una pareja sentados desde hace más de hora y media.

Rondarán la treintena. Ella lleva un vestido corto y muy escotado; él un vaquero con una sencilla camiseta verde. Discuten. No, dos no discuten si uno no quiere. Ella le regaña, le echa en cara detalles estúpidos aún reconociendo que no es para tanto, pero le sigue chillando como si fuera un error mortal. Tiene una voz irritante, aguda, de las que se te clavan en el tímpano y no consigues sacarte con la música a tope en los auriculares. Él, cabizbajo, murmura disculpas cada poco tiempo. Ella no las acepta, las critica incluso.

Algún transeúnte se detiene y les observa momentáneamente. Ella les dedica una fría mirada y continúa su discurso, como si realmente fuera un texto político para el próximo debate electoral, con las justas propuestas de mejora y una tonelada de mentiras con las que tapar sus propios escándalos. Él se siente humillado, más por la situación que por ser consciente de las miradas indiscritas. Y ella sigue y sigue repitiendo temas, desgranándolos hasta la saciedad, incansable.


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viernes, 21 de agosto de 2026

Vacaciones

- Una camiseta, un pantalón, el bañador, las gafas de buceo, una falda, las chanclas, el pijama, calcetines, ropa interior, unas deportivas y el neceser. Y luego llevo dos libros (para el ebook ya no hay hueco y hay que saber contenerse), cinco cuadernos y diez bolígrafos (porque cada historia tiene su propia tinta más su correspondiente repuesto, por si acaso).

- ¿Y cuánto tiempo dices que te vas?

- Seis... días... mmm... tienes razón, creo que debería sacar las deportivas; con las zapatillas que llevo puestas es suficiente... y la falda también la quito, me voy de vacaciones, no de fiesta.

- Pensaba que ibas a descansar.

- Sí, por eso solo llevo cinco cuadernos, no ha sido nada fácil la selección.

viernes, 24 de julio de 2026

¿Cómo se hacía?

Y… bueno… pues…

Es sencillo…

Sí, lo es.

O sea, ha pasado un tiempo desde la última vez.

Sí, ha habido una pausa.

Pero esto es como montar en bici, no se olvida.

No, no, se lleva en la sangre.

Hay que prepararse.

Concentrarse más bien.

Pero ayuda seguir un ritual.

Sobre todo, tomarse en serio el trabajo.

Y poner un poco de música.

No bloquearse ante la página en blanco.

Tener una bebida estimulante: café, té o lo que más te guste.

Poner el teléfono en silencio para evitar distracciones.

Y un poco de incienso, pero que no haga mucho humo.

...

...

Coges un cuaderno.

Sí, uno cualquiera.

No, no, uno que lleves un tiempo reservando para el momento adecuado.

También vale un folio en blanco, o incluso un papel en sucio que…

Eso es un poco ordinario, pero estrictamente sí, también sirve.

El cuaderno al final va a acabar lleno de tachones y lo que importa va a ser el contenido.

Vaya con la del ritual...

Yo solo te hablo desde mi experiencia.

Que sí, venga, y también se puede hacer a ordenador.

Pues sí, y facilita compartirlo con otras personas.

Eso si te quieren leer.

Muy cierto.

Bueno, ¿qué, le damos?

También puedes empezar tú.

Madre mía, ¿cómo estamos hoy?

Sí, ya… mejor dejarlo para otro día.

Sí, claro, o para otra vida.

Quizá sea lo mejor.

Era ironía.

Pues yo no lo he notado, no había ningún signo que lo indicara.

Venga, mujer, no te hagas la tonta, que…

Óyeme, tú a mí no me insultas.

¡¿Pero y ahora qué he hecho?!

No, más bien, ¿QUÉ has dicho? ¿Qué y CÓMO? Porque es que claro,
nos pensamos que aquí todo vale, pero hay que cuidar la forma y el fondo.

Mira, esa es una lección importante para…

No me cambies de tema…

No, si tú con tal de no sentarte a escribir haces cualquier otra cosa.

Perdóname pero fuiste tú quien inició la discusión.

Pues sí, pero digo yo que también servirá como ejercicio de escritura.

Sí, de escritura creativa, que se lleva mucho ahora.

Pues ala, un par de likes y a otra cosa.

O a por otro texto.



martes, 30 de junio de 2026

Me he comprado una planta y la voy a asesinar

Ha sido un autoregalo, me apetecía mucho tener una plantita, darle algo de color a la rutina, verla crecer. Es que de pronto hasta tenía ilusión.

Pero ha sido una decisión muy egoísta. Si aún no he quitado ni la decoración de Navidad (ni planeo hacerlo en las próximas semanas). Si apenas he sido capaz de cuidarme a mí misma estos meses. Egoísta también porque sobrevivir a los más de treinta grados casi constantes de casa no es viable. Y aún así, la metí en la cesta de la compra, la puse en la cinta transportadora, la pagué y caminé con ella hasta casa.

Diría que los primeros días sí la cuidé. Pero en cuanto empezó a quedarse sin flores, miré a otro lado. Ya me habían dicho que podía ser solo por su ventana de floración y que debía persistir en sus cuidados.

Desistí sin intentarlo y luego la mantuve muerta en el salón por varios días. Como si mirarla con pena fuera a revivirla. Como si la pasividad me pudiera salvar.