lunes, 2 de febrero de 2026

En medio de la ciudad

Manuela camina hacia el edificio verde. Pasa un coche por la carretera y luego otro. El pavimento está mojado y la fricción de las ruedas la sobresalta. Son las siete y media de la mañana. Ahora pasan tres coches, más deprisa y haciendo más ruido. Ha salido de casa puntual aunque aún no tenga una respuesta. Un taxi pita a otro para que apure un poco más el hueco de aparcamiento y así puede maniobrar bien en la esquina. Se andan a voces sin bajarse ninguno de los dos.

La muchacha tiene la esperanza de que, caminando, le termine de llegar la inspiración divina y se incline por tomar una decisión. Una moto baja la calle a toda velocidad. El motor es aún más escandaloso cuando se detiene en el semáforo. Ella cruza por el paso de cebra. Le gustaría poder concentrarse ni siquiera en el repiqueteo de lluvia. Una ambulancia lleva la sirena encendida. Detrás, la policía y, al poco, también hasta los bomberos con la alarma bien potente pese a que no haya tanto tráfico. Vuelve a pensar en las consecuencias inmediatas de decantarse por una u otra opción. Un Ferrari arranca un poco más allá y el dueño quiere que toda la manzana se entere de que tiene un carrazo. Ruge una y otra vez como si no le importara que algún vecino aún pudiera encontrarse durmiendo.

La chica apenas llegará a la treintena. Tiene que concentrarse profundamente para seguir su hilo de pensamiento. Los coches se suceden con más frecuencia en la avenida principal. Se pone los auriculares aunque el conector queda perdido en el bolsillo, solo por tratar de minimizar un poco el eco de la carretera. Otra ambulancia. Una moto. Un autobús pitando medio atravesado a la salida de una calle. Un coche que, sin saber ella mucho de mecánica, le suena a que debería ser urgentemente revisado en un taller.

Ha llegado. Está frente al edificio verde. El coche de su jefe pita insistentemente a modo de saludo. TOMAR UNA DECISIÓN YA. Un par de motos y un taxista cabreado. Manuela contempla el edificio. Los coches se suceden ignorando, obviamente, su presencia. Ella, por más que lo intenta, no puede dejar de escucharlo. Otra vez la policía. Un camión de basura. Un coche con un megáfono que anuncia ofertas en alfombras en una tienda local. Un frenazo. Un coche derrapando. Varios pitidos. Un martillo eléctrico levantando el asfalto. Vamos, Manuela, no es tan difícil tomar una decisión.

jueves, 29 de enero de 2026

Un campo lleno de flores

Es una noche sin luna; la oscuridad salpicada por cientos de estrellas que me deslumbran y hacen que la respiración se vuelva pesada. Son las esquirlas de tu cuerpo que se insertan en mi piel, que sostienen tu nombre en mis labios y lo propulsan más allá de nuestra galaxia.

Es una fina brisa que sacude mis cimientos; el mar embravecido silenciando todos mis incendios. Son las gotas de lluvia que atraviesan una ciudad abandonada, que anhegan las calles de flores y acaban por escalar una montaña con tal de hacer regresar mi calma.

Es caminar en un gélido día de invierno mientras voy desnuda por el desierto, y que, de pronto, sienta que el mundo se detiene, que físicamente La Tierra deja de girar para que me proporciones el abrigo que no sabía que necesitaba. Son todas las veces que creo estar ahogándome y cómo una simple mirada hace desaparecer el temblor de mis manos; dejarme sin palabras y que quiera hablarte sin parar.

Es navegar sin rumbo y saber que estamos en la ruta, ser conscientes de que no somos sabios, pero enfrentar las dudas y los miedos con confianza. Son los mamíferos que rugen y arañan, los insectos que pican y las aves para las que somos una presa fácil; todo lo que podrían devorar y ante lo que se detienen.

Es llegar al horizonte y detenerme al descubrir nuevas montañas, pero permanecer sosegada porque puedo disfrutar del amanecer y ya después retomar el viaje. Son la fuerza y el aliento de estos meses que han abierto una herida para siempre, pero nos mantienen en la batalla.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Algunos días son noches

En un día de final de verano, cae la niebla, densa, áspera, agresiva. Llega despacio y se extiende sin freno. Y tú, sentado apaciblemente al borde de la piscina comiéndote un helado, sigues salpicándote agua porque sabes que no se puede detener la bruma.

No has llegado a sentir la estocada, pero ahí está; un puñal en el corazón salvaguardado por las arterias y las venas, los pulmones, el esternón, los músculos pectorales, los vasos linfáticos y la piel. Una daga sujeta al epicardio, al miocardio y al endocardio. Un filo estrecho y afilado.

Tampoco has sido consciente del momento en que el brillo de tus pupilas ha reflejado centenares de estrellas, incluso los días de luna llena; una luz que no ciega, que abraza con profunda calidez.

Ha llegado la noche cuando aún era de día. Has provocado una explosión de contrastes que evade la energía violentamente y no te ha sorprendido el desprendimiento del amor más puro ni las respuestas neutrales, las palabras tibias o el exceso de adjetivos. En algunas zonas del planeta pasa eso, pueden ver auroras boreales y tirarse varias semanas en penumbra o incapaces de catar la oscuridad.

En un día de final de otoño, siguen los ojos vendados y tú, arrebuñado en una manta junto al crepitar de la chimenea, esperas con ansia el invierno porque sabes que van a ser solo unos meses de frío clavado en tus huesos antes de que vuelva a salir el sol.

martes, 29 de julio de 2025

La amenaza del bosque

Era un día tórrido de finales de verano. Había tres familias a la orilla del río, cada una a lo suyo pero los niños jugando juntos en el agua. Se habían instalado a mediodía. Reían y discutían por tonterías desde la calma propia del periodo vacacional, y como tal, tampoco les preocupaba el jaleo que estaban montando, simplemente estaban a lo suyo sin preocuparse por nada más.

Era esa clase de excursión que los chavales rememorarían el primer día de regreso al cole con tanta emoción que quizá incluso inventaran alguna aventura extravagante difícil de creer. Por su parte, para los adultos sería la clase de jornada que querrían replicar casi al detalle los siguientes veranos y que, entre unas cosas y otras, nunca llegarían a repetir.

Lo cierto era que se trataba de una estampa bastante idílica si no fuera por la cantidad de basura que iban soltando por los alrededores sin prestarle ni un poco de atención.

Luego había una mujer con una silla de camping un poco. De pelo cano, hacia los cincuenta quizá. Llevaba un vestido amplio de colores chillones y unas sandalias que, aunque no parecían las más apropiadas para el camino pedregoso que llevaba a aquella vereda del río, caminaba habilidosa sabiendo perfectamente dónde posar sus pies.

Llegó a primera hora de la tarde, cuando el calor resultaba casi insoportable incluso con los pies dentro del agua; pero ella apareció sin una muestra de sofoco. Analizó con una mirada profundamente fría a las familias y eligió un rinconcito a la sombra de un castaño solitario. Se dio un chapuzón rápido, más que nada porque los críos no dejaban de salpicarla, y se acomodó en su silla contemplando la vegetación. Una vez se secó, extendió la toalla en el césped y comenzó a hacer ejercicios de yoga. Tras una intensa sesión, se zambulló de nuevo en el agua sin librarse de las consecuencias de los juegos de los niños. La mujer continuó toda la tarde repitiendo el proceso: silla observando la naturaleza mientras su cuerpo se secaba, yoga y de vuelta al agua.

Las familias no fueron ajenas a su presencia, más que nada porque su rostro no les resultaba familiar y en el pueblo todos se conocían. Donde en muchos otros lugares reclamaban la presencia de los turistas en beneficio de la economía local pese a quejarse de lo difícil que se volvía aparcar, allí se enorgullecían de espantarlos por el simple hecho de que no los querían. ni los necesitaban.

A la mujer, por su parte, tampoco le agradaba su presencia; aún cuando no era que estuvieran a gritos, lo cierto era que con el paso de las horas habían ido escalando el volúmen de sus voces, por no mencionar cómo los niños, que obviamente estaban en edad de jugar y divertirse, habían pasado a salpicarla a propósito sin ni una llamada de atención por parte de sus progenitores.

En cuanto el sol desapareció en el horizonte, las tres familias recogieron sus bártulos, que no así todos sus desperdicios, y se disponían a marcharse. Donde debieran recordar aquel día con cariño, en cambio, pasaría a formar parte de sus pesadillas. El griterío de las familias se detuvo por un breve instante al ver cómo la mujer se transformaba en un lobo y se abalanzaba sobre ellos. Les dejó marcados a todos pero nada de gravedad, calculó a conciencia cuanta presión podían ejercer sus dientes y sus garras en cada cuerpo. Era solo una amenaza.

Después, se volvió a transformar en la mujer de pelo canoso y vestido colorido, recogió toda la basura que los otros habían dejado y se marchó por donde había venido, bajo la atenta mirada de las tres familias que permanecían inmóviles y con el único ruido de fondo del agua salpicando entre las piedras.

viernes, 25 de julio de 2025

Tierra seca

No queda una brizna de hierba ni una gota de agua sobre el río. Está la tierra baldía así como mis sentidos dejan de querer volver a tus brazos. No queda oxígeno. Ni una triste semilla para recuperar el huerto. Ahora el jardín está inerte y los topos no se atreven siquiera a hurgar entre los restos.

Si el corazón sigue latiendo es por la acción de la inercia porque estas manos que ya no acarician tu piel y estos labios que han olvidado tu saliva, se han vuelto marchitos y no saben cómo calmar la quemazón. ¡Ay, pero que camino tan escabroso! Si el cuerpo mantiene su temperatura corporal es porque el fuego tiene mucho bosque del que servirse como combustible. Si quedaron raíces es para recordar porqué se ha acabado la admiración y ya hay siquiera un poco de cariño.

No queda sal para curar el océano ni un poco de aliento para susurrar tu nombre. Está el viento en contra pese al anticiclón. No quedan misterios en las profundidades marinas ni tampoco emergen antiguos tesoros. No hay luz.

lunes, 21 de julio de 2025

Aliento de medianoche

Arrastras los pies. Avanzas pero no sabes hacia donde. Avanzas sin desplazarte. Levitas.Tu cuerpo se mueve por los hilos invisibles que te convierten en marioneta. Si te caes es porque te empujan. Si te levantas es porque tiran de tus músculos. Comes pero no te alimentas, tu piel se está volviendo traslúcida y tus neuronas no quieren emitir impulsos eléctricos; no es que no puedan, es que optan por no hacerlo, por apoyar a tu cuerpo en estado vegetativo.

Entonces viene la lluvia, que cubre tu rostro en pequeños parches de un somnífero que ya conoces. La calma fluye momentáneamente entre tus cejas y los orificios de tu nariz. La sientes. La abrazas y te dejas mecer. Para cuando te despiertas, el hambre y la sed con todavía más salvajes que antes. Si pudieras, si físicamente fuera posible, pellizcarías el gotelé de la pared y lo engullirías sin permitirte disfrutar cómo cruje entre tus dientes. Seguirías hasta alcanzar el cemento, los ladrillos y la estructura de hormigón hasta alcanzar los cimientos. No te detendrías aunque te hubieras saciado.

Por eso sigues avanzando, dejando que tus pies ya ennegrecidos, acumulen un poco más de suciedad sin intención de limpiarlos. Solo levantas la vista para dejar que tus ojos se pierden en el horizonte; permites que tus labios se transformen en una mueca silenciosa en la que tu respiración fluye lenta. La arena se mueve por el desierto y choca contra tus muslos, trepa por tu estómago y alcanza tu pecho, te reconoce y se lanza a tus pantorillas para alejarse rápido y no volver a posarse sobre tu cuerpo.

Hay algunas voces que retumban en tu cabeza, principalmente el eco que te trajo a esta aldea en sonbra. A veces se cruza una melodía machacona de discoteca que enseguida transformas en un ritmo en otra idioma que nadie ya puede interpretar. Solo un latido armónico te saca por unas horas del estado de duermevela. Luego caes de nuevo. Al acantilado. Al precipicio. Al abismo. Al vacío.

jueves, 17 de julio de 2025

Colapso

Tan pronto como abres los ojos, el golpe. La respiración invalidada y los músculos agarrotados  pero incapaces de detenerse. Intentas tomar algo de oxigeno, de verdad que te esfuerzas por hacer que en tus pulmones se produzca el intercambio gaseoso.

Niebla densa y claridad cegadora. Tus ojos tampoco son capaces de adaptarse a la realidad. De pronto el barullo más absoluto interrumpido por un profundo silencio que degarra los tímpanos. Dolor fisico en un cuerpo que apenas se siente; en un cuerpo que puedes palpar pero entiendes ajeno.

Las uñas afiladas y la piel pálida. Te arañas suavemente y sin querer pero parece que te vas a desangrar. Sientes la penumbra carcomiéndote. Te resbalas en ella y quedas cubierta de barrio. Sucia. Tratas de agarrarte a un clavo ardiendo. Al principio parece que funciona; luego te das cuenta de que aquellas imágenes nítidas que deberían conformar tu memoria se  han autodestruido al contacto con la retina.

Sientes el frío envolviéndote y el lento desafío del tiempo sobre tu rostro. Buscas un remanso de calma, lo visualizas, y te sumerges. Son unos segundos en que te balanceas sobre el columpio de tu infancia. Hasta que una ola se traga toda la ternura. Acusas de inmediato un latigazo en la espalda y su expansión lenta hormiguea por tus brazos y sacude tus piernas. Entonces tus pensamientos metamorfosean en rosas con profundas espinas que ni siquiera tú eres capaz de arrancar.

Aún así, tratas de gritar: un chorro de energía atraviesa tus cuerdas vocales pero se queda atascado en la garganta, aprisionado, incapaz siquiera de alcanzar las papilar gustativas. Lo vuelves a intentar y solo consigues esta vez que tus dientes rechinen.

Frenas todo intento de supervivencia cuando un temblor violento retuerce tu columna vertebral. Las rodillas dejan de soportar tu peso y caes. Permeneces en el suelo durante horas. Durante días, quizás. Inmóvil. Con la mirada perdida y el ánimo ausente. Hasta que todo pase o el mundo se derrumbe.