La alarma del móvil suena a las siete y tres minutos de la mañana. Es sábado y no tiene que trabajar pero hace ya un tiempo que ignora su descanso. La productividad. La puta rutina. Apaga el despertador y remolonea. No tiene intención de volver a dormirse a pesar de que anoche acabaron de darle casi las dos viendo videos en internet.
Permanece en la cama. Hubiera dicho que fue solo un parpadeo. Pero son las once y media ya. Se levanta de un salto se maldice. Corre descalza por el pasillo hacia el baño, no porque necesite ir urgentemente sino porque debe recuperar el tiempo perdido. Tenía un esquema. Sus horarios bien organizados. Piensa que puede saltarse la ducha y el desayuno. Con eso le gana treinta y nueva minutos a la planificación del día. Y puede pedir la compra online y que se la lleven a casa. Su bolsillo lo notará pero lo toma como el pago de su despiste. Otros veintisiete minutos ganados, puede que un poco más si hace el pedido mientras baja las escaleras de su edificio camino al gimnasio.
Permanece un rato en el suelo. La casa en completo silencio. En verdad se siente descansada y su dedo no duele tanto. Comprueba la hora. ¿Y qué más da? Le ruge el estómago. ¿Y si no le hiciera caso a la agenda?
¡Caprichosa! ¡Débil! ¿En serio va a romper su racha de rutina perfecta? Vale que siempre surge algún imprevisto... ¡pero no altera tanto su planteamiento! Intransigente. Inútil. ¡Venga ya, ¿y qué más?!
Gatea hasta el zapatero y revuelve entre botas y demás calzado que hace meses (o años) que no se pone porque solo las deportivas le favorecen el ritmo frenético. Saca unas sandalias. Se las prueba y se pone de pie. ¿Se puede saber qué está haciendo? Para. ¿QUÉ. ESTÁS. HACIENDO?
Observa la cama deshecha. La ignora. Abre el armario. Hay un vestido que aún no ha estrenado. Diría que ha engordado. Cierra el armario y va hasta el salón. No tiene ningún sentido que eche por tierra toda su planificación del día. Se siente cómoda con las sandalias.Cierra la agenda y la mete en un cajón. Se pone el vestido y se mira en el espejo. Le sienta muy bien. Se siente... guapa. Mete el móvil y la cartera en una bolsa de tela. Guarda también dentro el libro que lleva seis meses en su mesilla. Decide que no se va a maquillar.
Sale de casa. Camina solo por calles estrechas y poco concurridas. Sin prisa. Como si de pronto entendiera lo que es tener un día libre. Encuentra una cafetería muy cuca que no parece especialmente cara. Pide un café con leche y un trozo de tarta de chocolate. Se sienta en un rincón junto a la ventana. Quita los datos del móvil. Disfruta del desayuno mientras lee. Hacía tanto tiempo que no dejaba de sentir esa presión en el pecho que por un momento se asusta. Degusta la tarta sin cargos de remordimiento. Se deja llevar. Debería repetirlo con frecuencia.






