Manuela camina hacia el edificio verde. Pasa un coche por la carretera y luego otro. El pavimento está mojado y la fricción de las ruedas la sobresalta. Son las siete y media de la mañana. Ahora pasan tres coches, más deprisa y haciendo más ruido. Ha salido de casa puntual aunque aún no tenga una respuesta. Un taxi pita a otro para que apure un poco más el hueco de aparcamiento y así puede maniobrar bien en la esquina. Se andan a voces sin bajarse ninguno de los dos.
La muchacha tiene la esperanza de que, caminando, le termine de llegar la inspiración divina y se incline por tomar una decisión. Una moto baja la calle a toda velocidad. El motor es aún más escandaloso cuando se detiene en el semáforo. Ella cruza por el paso de cebra. Le gustaría poder concentrarse ni siquiera en el repiqueteo de lluvia. Una ambulancia lleva la sirena encendida. Detrás, la policía y, al poco, también hasta los bomberos con la alarma bien potente pese a que no haya tanto tráfico. Vuelve a pensar en las consecuencias inmediatas de decantarse por una u otra opción. Un Ferrari arranca un poco más allá y el dueño quiere que toda la manzana se entere de que tiene un carrazo. Ruge una y otra vez como si no le importara que algún vecino aún pudiera encontrarse durmiendo.
Ha llegado. Está frente al edificio verde. El coche de su jefe pita insistentemente a modo de saludo. TOMAR UNA DECISIÓN YA. Un par de motos y un taxista cabreado. Manuela contempla el edificio. Los coches se suceden ignorando, obviamente, su presencia. Ella, por más que lo intenta, no puede dejar de escucharlo. Otra vez la policía. Un camión de basura. Un coche con un megáfono que anuncia ofertas en alfombras en una tienda local. Un frenazo. Un coche derrapando. Varios pitidos. Un martillo eléctrico levantando el asfalto. Vamos, Manuela, no es tan difícil tomar una decisión.






