La estación de autobuses es un hervidero de gente yendo y viniendo, unos iniciando sus vacaciones, otros regresando, algunos simplemente huyendo de la capital durante el fin de semana y unos pocos marchando de o hacia el trabajo. La mayoría de bancos son ocupados por un breve espacio de tiempo, pero hay uno justo en la mitad del pasillo en la que están una pareja sentados desde hace más de hora y media.
Rondarán la treintena. Ella lleva un vestido corto y muy escotado; él un vaquero con una sencilla camiseta verde. Discuten. No, dos no discuten si uno no quiere. Ella le regaña, le echa en cara detalles estúpidos aún reconociendo que no es para tanto, pero le sigue chillando como si fuera un error mortal. Tiene una voz irritante, aguda, de las que se te clavan en el tímpano y no consigues sacarte con la música a tope en los auriculares. Él, cabizbajo, murmura disculpas cada poco tiempo. Ella no las acepta, las critica incluso.

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