Con sus ochenta y nueve años a la espalda, cinco hijos, catorce nietos, y el primer bisnieto en camino, dos operaciones de rodillas, una de cadera y ambos ojos de catataras, la abuela de pronto estaba irreconocible. Que no era que la mujer hubiera perdido nunca su alegría, más allá, obviamente, de haber tenido que despedirse de su marido y algún hermano, pero es que llevaba unos días con una energía tan desbordante que despertaba la envidia de sus amigas, y el miedo a la cercanía de su final en sus hijos.
La mujer había sido de madrugar hasta bien entrados sus setenta años. No había llegado a trabajar nunca porque no había tenido la necesidad y se sentía feliz y realizada en su día. Preparaba sus buenos pucheros, fuera invierno o verano, y siempre tenía un par de dulces en cantidad casi industriales recien salidos del horno. Luego aprovechabа las tardes cosiendo: que si arreglando el bajo de algún pantalón, remendando camisetas, zurdiendo sus propias prendas, e incluso confeccionando elaboradas mantelerías y mantitas para cada nieto, sobrino y otros criajos de familiares y vecinos; todo ello sin quitarse de echar su partidita de cartas a la hora de la siesta y su chatito de vino con las amigas al atardecer.
Luego su propio cuerpo, por el simple transcurso de los años, la fue hacienda algo más torpe y fue reduciendo de a poco la actividad. La insistencia de sus hijos en que ya estaba mayor, también la había desanimado y fue dejando de ocuparse de la cocina y de hilvanar la aguja; no por pereza realmente sino sintiéndose cada vez menos útil.
Y de pronto ese verano, con la casa del pueblo en un continuo trasiego de familia entrando y saliendo entre las vacaciones y el descanso de las altas temperaturas de la ciudad, la abuela casi estaba irreconocible.
Próximamente continúa con la parte 2

No hay comentarios:
Publicar un comentario