Fue arrancado, sacado de contexto y vapuleado. Pasó a ser un socavón en la tierra cubierta de hojas secas. O la gota que cae del árbol y se choca contra el agua hundiéndose hasta el fango sin dejar ondas en la superficie.
Fue una mañana que despertó nublada y se desvaneció en la cama. Quizá antes. Un atardecer soleado que empuja la bicicleta entre los campos de trigo. O puede que ahora. En la noche de lluvia de estrellas con la luna llena obviando cada sombra. Cuando en la casa del pueblo crujen las escaleras y el eco se pierde entre el jolgorio. Y los niños dicen ver fantasmas.
Fue una trenza que pretendía recoger el pelo salvaje. Y una sonrisa a medias en el espejo retrovisor. Fue el río deslizándose lentamente entre las piernas. El viento agitando con delicadeza el vestido de volantes azules. Pero también el frío a través de la ventana mientras los pies se acercaban a la chimenea. Aquellas tazas de café en la sobremesa que confundían cuándo había acabado la comida y empezado la cena.
Fue un misterio perfecto, sin detective ni abogados de por medio. La curiosidad permanente como punto del signo de exclamación. El instinto certero como base de cada interrogante. La conclusión de una historia inventada en una conversación verosimil.
Fue un ramo de flores y un perfume barato. Detalles y generalidades. Una caricia con las uñas recién pintadas. Un último beso que no lo era.
Fue dulce. Amargo. Indigesto. Fue una bañera de hielo y la vomitona en el retrete. El sudor seco sobre la frente y ojeras tatuadas.
Fue el error que tenía ser.
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