Está escondido. Entre el cesto de la ropa sucia y el estante de libros pendientes de leer. Se agazapa entre las sábanas, lo suficientemente cerca de la almohada y lo suficientemente alejado del despertador. Aguarda en un rinconcito de la habitación sin acechar pero sin perder de vista su objetivo.
Se recuesta en la alfombra y se arrastra por el parqué. Encuentra sustento junto al radiador. De vez en cuando se acomoda en el sofá, pero solo en los momentos en que no hay nadie viendo el telediario. Brinca sobre los cojines al escuchar que todos roncan y en el instante en que empiezan las vacaciones, se hace amigo de los peluches y el frigorífico.
Se acobarda y deja que las cortinas sean agitadas de forma violenta. Se retrae y el humo avanza. Entre las horas muertas y los silencios ahogados. Entre el día y la noche.

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