Lo que a la abuela le daba miedo era que alguno en casa tratara de quitarle su ilusión. Que seguro que no lo hacían a malas pero estaba siendo taaaaan feliz de nuevo... Era consciente de que en algún momento todo aquello se le acabaría, pero trataba de exprimir cada mínima oportunidad.
Ella tenía muy claro que su Pepe descansaba bajo tierra y que después de todo su sufrimiento tras una larga enfermedad, el dolor de haberle visto marchar mitigaba el de tenerle a su lado sabiéndole sufriendo.Todo era gracias a su amiga la Trini. Bueno, a ella y al ingenio de su Pepe; al poco de conocer su enfermedad, se había confabulado con la mejor amiga de su mujer y se había dedicado a escribirle cartas. Algunas partían de anécdotas del día a día y en otras inventaba por completo lo que podía haber sido su rutina. La gran mayoría estaban escritas de su puño y letra y solo ocasionalmente era la Trini quien las redactaba, que ojo, la mujer solo transcribía lo que el hombre le dictaba porque se encontraba más débil, pero vamos, que sí se notaba que era su expresión.
Y la abuelita le contestaba todas y cada una de las misivas. Sabía que en el siguiente mensaje él no haría alusión a nada de lo que ella le dijera. Pero eso era lo de menos. No olvidaba que él no las llegaría a recibir pero se las leía con profundo cariño cada mañana cuando iba al cementerio. Y para ella eso era el mejor regalo que él le podía haber hecho.

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