La abuela que ya era consciente de que tenía revolucionada a toda la casa con sus idas y venidas, había desarrollado, no obstante, su propia estrategia, torpe pero inocentemente tierna.
Comía con calma pero instando a los demás a que se dejaran de charleta y vaciaran sus platos, que era una señal de respeto para quienes hubieran estado metidos en la cocina pese a aquellos calores y la multitud que eran.
Durante la sobremesa no se la veía quieta ni un segundo: rebuscaba en la bodega botellas medio vacías con licores de vete tú a saber cuando, o se metía en el trastero a por algún juguete para los más pequeños porque, según ella, se les había olvidado dónde estaban y no la dejaban en paz, cuando lo cierto sería que no le dedicarían más de dos minutos y acabaría tirado entre las butacas.
La tía Marina se empeñaba día tras día en que debiera echarse una siesta, o que al menos se tumbara y pusiera los pies en alto. En realidad todo su insistencia residía en cómo a su propia madre se le hinchaban los tobillos por no recordaba qué de la circulación, pero las consuegras no tenían nada que ver entre ellas y para la abuelita era un argumento absurdo.
En verdad tampoco es que pudiera hacer mucho más, pero prefería llevar la contraria, a ella no le iban a decir lo que tenía que hacer, aunque bien era cierto que a esas horas no la dejaban entrar a la cocina, ni siquiera para fregar un par de cacharros o coger la escoba. Aún siendo su casa, se sentía casi como una extraña. Su hijo Félix le reitaraba que solo querían devolverla una parte de todo el esfuerzo que había hecho durante tanto tiempo, pero la yaya a ratos no podía dejar de sentirse una forastera.
Total, que no le quedaba más remedio que tirarse en el sillón y poner alguna novela en la televisión fingiendo estar súper enganchada. Como si a ella le hubiera interesado en algún momento con quién se liaba el capataz o de quién era el hijo de la panadera.
Luego ya volvía a abrir y se quedaba ya un rato sentada en la cama con algún libro. Pero esa horita encerrada era un misterio. Y claro, ninguno se atrevía a abrir así sin más.
La pequeña Mía, a la que aún a ratos costaba descifrar en su lengua de trapo, era la que más le preguntaba por estar escondiéndose de los demás tooooodos los días. Y la abuelita haciéndose la despistada, comenzaba a hacerla cosquillas haciendo caso omiso de sus palabras.
Próximamente continúa con la parte 4

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