Ricarda no se esperaba que la prejubilaran tan pronto. El caso era que casi de la noche a la mañana se vio sin nada que hacer; más allá de la rutina de comida y limpieza, los días pasaban lentos y monótonos. Al marido aún le quedaban unos añitos de trabajo y los hijos ya volaban libres, nunca mejor dicho, que la una era piloto y el otro azafato, pero vamos, que vivían independientes y en otras ciudades.
Luego estaban las amigas. Su relación era bastante… inconsistente, pero al menos se hacían compañía. El caso era que con ellas ya tenía comprometidos ciertos curso/viaje/actividad social y menudo pollo le montarían si se le ocurría apuntarse a alguna otra por su cuenta, vamos, que es que las conocía y con solo mencionarlo ya se dio el caso de que repudiaron a la Paqui. Ni mentarla se podía.
Ricarda pensó entonces en hacer algún voluntariado. Su marido se negó en redondo. Tampoco es que le diera ningún argumento. Barajó entonces informarse, ya no tenerlo decidido, solo documentarse sobre huertos urbanos. “¿Si mujer, y qué más? Que ya no estás para esos trotes”, comentó él mientras se abría una lata de cerveza y se apoltronaba a ver el partido. Era cierto que nunca antes le habían interesado ni lo uno ni lo otro, pero oye, ¿por qué no? El hombre, en cambio, le propuso que se fuera a pasar una temporadita con su hermana. Esta vez fue ella la que se negó en redondo “ni loca me voy yo con esa”. No era que la señora Ricarda le tuviera odio a la mujer, pero es que la susodicha era una viuda que vivía de las rentas del difunto marido y se creía una nueva rica, entonces, pasar un rato con ella todavía era tolerable, pero más de un día, ni de coña.
Así que la señora Ricarda, a la que le encantaba que le llamaran señora porque decía que le hacía más sabia, se pasaba media mañana (cuando no la mañana entera) en un banco al otro lado de la ciudad, suspirando mientras esperaba a que alguien se sentara y le diera palique. ¡Y ojo que para su sorpresa no eran pocos los que mantenían una larga conversación con ella o incluso los que se enzarzaban en una acolorada discusión!
Total, que la señora Ricarda prejubilada antes de lo que le hubiera gustado, se adueñó del banco de la avenida y con el tiempo pasó incluso a llevarse el taper con la comida y después la cena también.Al otro día se le ocurrió llevarse una mantita para la siesta, y unas semanas más tarde le apeteció quedarse a dormir. Una mañana tomó la determinación de no pasarse por su casa en toda la jornada; y al otro, se dió cuenta de que nunca había sido tan feliz como esos días en que hacía lo que la gana cuando le daba la gana disfrutando simplemente del placer de una buena conversación.
Entonces sí, regresó a casa para pedirle el divorcio a su marido. Comenzó a hacer voluntariados, alquiló un huertito urbano, se apuntó a talleres que jamás pensó que la interesarían siquiera e incluso empezó a viajar sola, conoció a un montón de gente y entendió el verdadero significado de la palabra amistad. A sus cincuenta y muchos y una prejubilación inesperada, estaba redescubriendo lo que era vivir.

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