jueves, 29 de enero de 2026

Un campo lleno de flores

Es una noche sin luna; la oscuridad salpicada por cientos de estrellas que me deslumbran y hacen que la respiración se vuelva pesada. Son las esquirlas de tu cuerpo que se insertan en mi piel, que sostienen tu nombre en mis labios y lo propulsan más allá de nuestra galaxia.

Es una fina brisa que sacude mis cimientos; el mar embravecido silenciando todos mis incendios. Son las gotas de lluvia que atraviesan una ciudad abandonada, que anhegan las calles de flores y acaban por escalar una montaña con tal de hacer regresar mi calma.

Es caminar en un gélido día de invierno mientras voy desnuda por el desierto, y que, de pronto, sienta que el mundo se detiene, que físicamente La Tierra deja de girar para que me proporciones el abrigo que no sabía que necesitaba. Son todas las veces que creo estar ahogándome y cómo una simple mirada hace desaparecer el temblor de mis manos; dejarme sin palabras y que quiera hablarte sin parar.

Es navegar sin rumbo y saber que estamos en la ruta, ser conscientes de que no somos sabios, pero enfrentar las dudas y los miedos con confianza. Son los mamíferos que rugen y arañan, los insectos que pican y las aves para las que somos una presa fácil; todo lo que podrían devorar y ante lo que se detienen.

Es llegar al horizonte y detenerme al descubrir nuevas montañas, pero permanecer sosegada porque puedo disfrutar del amanecer y ya después retomar el viaje. Son la fuerza y el aliento de estos meses que han abierto una herida para siempre, pero nos mantienen en la batalla.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Algunos días son noches

En un día de final de verano, cae la niebla, densa, áspera, agresiva. Llega despacio y se extiende sin freno. Y tú, sentado apaciblemente al borde de la piscina comiéndote un helado, sigues salpicándote agua porque sabes que no se puede detener la bruma.

No has llegado a sentir la estocada, pero ahí está; un puñal en el corazón salvaguardado por las arterias y las venas, los pulmones, el esternón, los músculos pectorales, los vasos linfáticos y la piel. Una daga sujeta al epicardio, al miocardio y al endocardio. Un filo estrecho y afilado.

Tampoco has sido consciente del momento en que el brillo de tus pupilas ha reflejado centenares de estrellas, incluso los días de luna llena; una luz que no ciega, que abraza con profunda calidez.

Ha llegado la noche cuando aún era de día. Has provocado una explosión de contrastes que evade la energía violentamente y no te ha sorprendido el desprendimiento del amor más puro ni las respuestas neutrales, las palabras tibias o el exceso de adjetivos. En algunas zonas del planeta pasa eso, pueden ver auroras boreales y tirarse varias semanas en penumbra o incapaces de catar la oscuridad.

En un día de final de otoño, siguen los ojos vendados y tú, arrebuñado en una manta junto al crepitar de la chimenea, esperas con ansia el invierno porque sabes que van a ser solo unos meses de frío clavado en tus huesos antes de que vuelva a salir el sol.

jueves, 9 de octubre de 2025

¿Y si...?

Ha sido raro volver a verte… ha sido… ni te recordaba... sino me dicen que eres tú, paso de largo... apenas encuentro en tu cuerpo al niño de ocho años de la última vez que nos vimos... éramos tan críos... Y ahora ya no, ahora somos dos adultos..., con pareja y vida propia.

Pero en estos días te me apareces con frecuencia. Soy feliz con mi vida y desde luego que a tí también se te veía alegre de su mano... solo me ha dado por pensar, por imaginar qué hubiera sido de nosotros si aquel noviazgo, más bien un juego de la infancia, hubiera crecido; lo típico de la pareja de toda la vida.  

Pienso que habría encaminado mis estudios de otra manera porque habría tenido más claro un proyecto de vida a largo plazo. No me arrepiento de mi camino actual, sería otro tren con otro destino. Creo que tendría una vida más estable y menos humilde. Viviría con más calma. Con otro tipo de estrés. Creo que sería una vida más idílica. Quizá solo porque ahora sueño con ella. Pero sé que habría problemas, pequeñas crisis o alguna más grande.. porque en eso consiste estar vivo.  

Habríamos viajado por Europa porque yo te habría insistido. Tú estarías más a gusto en la rutina pero igualmente acabarías sorprendido descubriendo paisajes y edificios históricos. A estas alturas tendríamos una casita, sencilla y aún con rincones pendientes de arreglar, pero nuestra.

Pienso que una vida es mucho más que un par de sueños de una noche de verano, y que, a decir verdad, creo que podríamos ser buenos amigos, de esos que no solo intercambian un par de mensajes por navidad y en los respectivos cumpleaños, sino de los que se llaman con regularidad e incluso buscan apoyo en los momentos duros. Sí me gustaría ni que fuera conservar nuestra amistad. Pero en lugar de eso, simplemente nos saludamos y cada uno sigue su camino. Hasta que se vuelvan a cruzar. Ojalá en algún momento. Confío en que así sea. Pero esta vez no me pillará desprevenida. Sé que nos volveremos a ver.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Ventana con nuevas vistas

Puedes leer aquí Ventana con vistas. Bueno, ya no tantas - la carta

Hola,

os escribo de nuevo una carta porque necesito fervientemente comunicarme con vosotros. Vuelvo al tono más serio porque yo ya no sé cómo trataros. Es que me tenéis desorientada perdida, y esto ya me parece de muy mal gusto.

Me habéis dado un susto de muerte. De pronto no supe nada de vosotros durante cinco días y ya pensaba yo que había pasado algo malo. Y ya no colaba eso de que estábais de viaje, que no, que no, que es que teníais que estar de parto y yo aquí mordiéndome las uñas toda preocupada, porque es que no se ha pasado nadie por la casa en estos cinco días, y menos mal que me teníais a mi vigilándola de que no os entraran a robar. Que ya, que una empieza con las contracciones y luego no sabe qué va a pasar, que podía ser solo una falsa alarma, pero ¡cinco días sin decirme nada! Y claro, como ni siquiera habéis querido darme vuestro contacto, pues estaba yo ya a punto de irme de hospital en hospital a ver si os encontraba.

Oye… ¿qué es: niño o niña? Que ya, que es un ser humano y que lo importante es que esté sano, pero sabréis ya lo qué es, digo yo. A mi es que no me termina de quedar claro, porque veo que habéis puesto las sábanas de la cunita blancas - ojo no sabéis la terrible elección que habéis hecho, que luego hay fugas de pañal y… -, luego que si el cochecito tiene como dinosaurios amarillos pero veo unos boddies naranjitas y verdes… y yo es que no me aclaro. Mi marido dice que es una niña, pero es que yo todavía no he visto nada rosa y pues no lo tengo nada claro.

Ah, y ¿cómo se va a llamar? ¿O es que voy a tener que referirme al nuevo integrante de la familia como “la criaturita”? Vamos a ver, que es que así parece que estoy hablando de un extraterrestre, un poco de por favor, eh, dejaos ya de tanta modernidad.

A mi es que me haría mucha ilusión que le pusieras el nombre de mi difunta abuela, que en paz descanse: Antonia Federica, bueno, o que al menos os quedéis con uno si no os va mucho lo de los nombres compuestos. Es que los crios de hoy en día se llaman todos igual o tienen nombres raros.

¿Qué día os viene bien para que me pase por ahí y organizamos el bautizo?. ¿Por qué le vais a bautizar, verdad? Digo yo que para eso sí me dejaréis opinar, ¿no? Porfa, porfa, porfa, yo prometo comportarme de aquí en adelante, pero dejarme formar parte ni que sea de esto. Que luego ya vendréis a pedirme que os lleve al crío a las extraescolares o que me quede de niñera para que vosotros os podáis ir de cenita romántica, ¿o no? Esto es por un interés mutuo.

Pues venga, un abracito de mi parte y un saludo cordial de mi marido (que al principio se reía de mi por escribiros las cartas pero ahora también está pendiente).

martes, 29 de julio de 2025

La amenaza del bosque

Era un día tórrido de finales de verano. Había tres familias a la orilla del río, cada una a lo suyo pero los niños jugando juntos en el agua. Se habían instalado a mediodía. Reían y discutían por tonterías desde la calma propia del periodo vacacional, y como tal, tampoco les preocupaba el jaleo que estaban montando, simplemente estaban a lo suyo sin preocuparse por nada más.

Era esa clase de excursión que los chavales rememorarían el primer día de regreso al cole con tanta emoción que quizá incluso inventaran alguna aventura extravagante difícil de creer. Por su parte, para los adultos sería la clase de jornada que querrían replicar casi al detalle los siguientes veranos y que, entre unas cosas y otras, nunca llegarían a repetir.

Lo cierto era que se trataba de una estampa bastante idílica si no fuera por la cantidad de basura que iban soltando por los alrededores sin prestarle ni un poco de atención.

Luego había una mujer con una silla de camping un poco. De pelo cano, hacia los cincuenta quizá. Llevaba un vestido amplio de colores chillones y unas sandalias que, aunque no parecían las más apropiadas para el camino pedregoso que llevaba a aquella vereda del río, caminaba habilidosa sabiendo perfectamente dónde posar sus pies.

Llegó a primera hora de la tarde, cuando el calor resultaba casi insoportable incluso con los pies dentro del agua; pero ella apareció sin una muestra de sofoco. Analizó con una mirada profundamente fría a las familias y eligió un rinconcito a la sombra de un castaño solitario. Se dio un chapuzón rápido, más que nada porque los críos no dejaban de salpicarla, y se acomodó en su silla contemplando la vegetación. Una vez se secó, extendió la toalla en el césped y comenzó a hacer ejercicios de yoga. Tras una intensa sesión, se zambulló de nuevo en el agua sin librarse de las consecuencias de los juegos de los niños. La mujer continuó toda la tarde repitiendo el proceso: silla observando la naturaleza mientras su cuerpo se secaba, yoga y de vuelta al agua.

Las familias no fueron ajenas a su presencia, más que nada porque su rostro no les resultaba familiar y en el pueblo todos se conocían. Donde en muchos otros lugares reclamaban la presencia de los turistas en beneficio de la economía local pese a quejarse de lo difícil que se volvía aparcar, allí se enorgullecían de espantarlos por el simple hecho de que no los querían. ni los necesitaban.

A la mujer, por su parte, tampoco le agradaba su presencia; aún cuando no era que estuvieran a gritos, lo cierto era que con el paso de las horas habían ido escalando el volúmen de sus voces, por no mencionar cómo los niños, que obviamente estaban en edad de jugar y divertirse, habían pasado a salpicarla a propósito sin ni una llamada de atención por parte de sus progenitores.

En cuanto el sol desapareció en el horizonte, las tres familias recogieron sus bártulos, que no así todos sus desperdicios, y se disponían a marcharse. Donde debieran recordar aquel día con cariño, en cambio, pasaría a formar parte de sus pesadillas. El griterío de las familias se detuvo por un breve instante al ver cómo la mujer se transformaba en un lobo y se abalanzaba sobre ellos. Les dejó marcados a todos pero nada de gravedad, calculó a conciencia cuanta presión podían ejercer sus dientes y sus garras en cada cuerpo. Era solo una amenaza.

Después, se volvió a transformar en la mujer de pelo canoso y vestido colorido, recogió toda la basura que los otros habían dejado y se marchó por donde había venido, bajo la atenta mirada de las tres familias que permanecían inmóviles y con el único ruido de fondo del agua salpicando entre las piedras.

viernes, 25 de julio de 2025

Tierra seca

No queda una brizna de hierba ni una gota de agua sobre el río. Está la tierra baldía así como mis sentidos dejan de querer volver a tus brazos. No queda oxígeno. Ni una triste semilla para recuperar el huerto. Ahora el jardín está inerte y los topos no se atreven siquiera a hurgar entre los restos.

Si el corazón sigue latiendo es por la acción de la inercia porque estas manos que ya no acarician tu piel y estos labios que han olvidado tu saliva, se han vuelto marchitos y no saben cómo calmar la quemazón. ¡Ay, pero que camino tan escabroso! Si el cuerpo mantiene su temperatura corporal es porque el fuego tiene mucho bosque del que servirse como combustible. Si quedaron raíces es para recordar porqué se ha acabado la admiración y ya hay siquiera un poco de cariño.

No queda sal para curar el océano ni un poco de aliento para susurrar tu nombre. Está el viento en contra pese al anticiclón. No quedan misterios en las profundidades marinas ni tampoco emergen antiguos tesoros. No hay luz.

lunes, 21 de julio de 2025

Aliento de medianoche

Arrastras los pies. Avanzas pero no sabes hacia donde. Avanzas sin desplazarte. Levitas.Tu cuerpo se mueve por los hilos invisibles que te convierten en marioneta. Si te caes es porque te empujan. Si te levantas es porque tiran de tus músculos. Comes pero no te alimentas, tu piel se está volviendo traslúcida y tus neuronas no quieren emitir impulsos eléctricos; no es que no puedan, es que optan por no hacerlo, por apoyar a tu cuerpo en estado vegetativo.

Entonces viene la lluvia, que cubre tu rostro en pequeños parches de un somnífero que ya conoces. La calma fluye momentáneamente entre tus cejas y los orificios de tu nariz. La sientes. La abrazas y te dejas mecer. Para cuando te despiertas, el hambre y la sed con todavía más salvajes que antes. Si pudieras, si físicamente fuera posible, pellizcarías el gotelé de la pared y lo engullirías sin permitirte disfrutar cómo cruje entre tus dientes. Seguirías hasta alcanzar el cemento, los ladrillos y la estructura de hormigón hasta alcanzar los cimientos. No te detendrías aunque te hubieras saciado.

Por eso sigues avanzando, dejando que tus pies ya ennegrecidos, acumulen un poco más de suciedad sin intención de limpiarlos. Solo levantas la vista para dejar que tus ojos se pierden en el horizonte; permites que tus labios se transformen en una mueca silenciosa en la que tu respiración fluye lenta. La arena se mueve por el desierto y choca contra tus muslos, trepa por tu estómago y alcanza tu pecho, te reconoce y se lanza a tus pantorillas para alejarse rápido y no volver a posarse sobre tu cuerpo.

Hay algunas voces que retumban en tu cabeza, principalmente el eco que te trajo a esta aldea en sonbra. A veces se cruza una melodía machacona de discoteca que enseguida transformas en un ritmo en otra idioma que nadie ya puede interpretar. Solo un latido armónico te saca por unas horas del estado de duermevela. Luego caes de nuevo. Al acantilado. Al precipicio. Al abismo. Al vacío.