viernes, 18 de septiembre de 2026

Abuelita, dime tú - 2/4

Regresa a la parte 1

La tía Lourditas se levantaba a eso de las siete de la mañana para salir a correr y el primo Jorge media hora más tarde marchaba en bici a hacer alguna ruta. Entonces la abuela pasaba brevemente por la cocina a beberse casi de un trago un café bien cargadito y se arreglaba en el baño antes de que la marabunta de niños y adolescentes se levantaran con la vejiga pidiendo vaciarse.

Hacía su visita de rigor al cementerio y regresaba brevemente a la casa más por hacerle un favor a sus hijos y demostrar que seguía viva que porque realmente lo necesitara. Bien era cierto que el teléfono la mitad de las veces lo olvidaba en la mesilla y la otra mitad, lo tenía sin batería o misteriosamente estaba en silencio (porque desde luego que ella no había tocado ninguna tecla, lo había hecho el móvil solito y de forma autónoma).

Total, que le hacía un par de carantoñas a algún niño y volvía a irse de paseo. Lo curioso era que no permitía que la acompañaran en el de la mañana. Por más que algún nieto en cuestión insistía, ella se empeñaba en que no podía ser. Su hijo Manuel había intentado seguirla en más de una ocasión, pero en algún cruce de calles acababa por perderla de vista. Y la Araceli tampoco había obtenido mejor resultado aunque cerca estuvo. Josito había estado preguntando por el pueblo pero nadie parecía tener la menor idea, ni siquiera La Trini que era la mejor amiga de la abuelita desde que eran unas niñas de cuna, la mujer le había metido un achuchón de aquí te espero y le había endiñado un par de botellas de orujo con andrinas, pero no había soltado prenda.

Para cuando la yaya volvía ya a mesa puesta, su nuera Anuska al borde del ataque de nervios. La relación entre ellas dos era realmente intensa y, aunque no tuvieran la misma sangre y ni siquiera la misma cultura, el afecto era profundo y mutuo. Anuska la regañaba con verdadera preocupación y la abuela, sin perder su sonrisa, solo insitía en que no era bueno que llevara su cuerpo a ese estado de tensión innecesario.

Tomás y Benito, bien entrados en su edad del pavo pero no por ello menos conscientes de lo raro del reciente comportamiento de su querida abuelita, se esforzaban día tras día por sacarle a dónde narices había ido. Paola sospechaba que pudiera tener una plantación de marihuana. ¡Qué más le hubiera gustado a ella que su abuela le pasara unos gramos a mejor precio que en el mercado negro! Toñete bromeaba con que la abuela se había echado novio y ella, con los mofletes sonrosados y un intento de profunda seriedad, le decía 'Anda, anda, que yo no estoy para esos trotes'. Pero Valentina, que llevaba desde el inicio del verano saliendo en secreto con una chavala del pueblo, la abrazaba e insistía en que la dejaran en paz. 

Próximamente continúa con la parte 3

lunes, 14 de septiembre de 2026

Abuelita, dime tú - 1/4

Con sus ochenta y nueve años a la espalda, cinco hijos, catorce nietos, y el primer bisnieto en camino, dos operaciones de rodillas, una de cadera y ambos ojos de catataras, la abuela de pronto estaba irreconocible. Que no era que la mujer hubiera perdido nunca su alegría, más allá, obviamente, de haber tenido que despedirse de su marido y algún hermano, pero es que  llevaba unos días con una energía tan desbordante que despertaba la envidia de sus amigas, y el miedo a la cercanía de su final en sus hijos.

La mujer había sido de madrugar hasta bien entrados sus setenta años. No había llegado a trabajar nunca porque no había tenido la necesidad y se sentía feliz y realizada en su día.  Preparaba sus buenos pucheros, fuera invierno o verano, y siempre tenía un par de dulces en cantidad casi industriales recien salidos del horno. Luego aprovechabа las tardes cosiendo: que si arreglando el bajo de algún pantalón, remendando camisetas, zurdiendo sus propias prendas, e incluso confeccionando elaboradas mantelerías y mantitas para cada nieto, sobrino y otros criajos de familiares y vecinos; todo ello sin quitarse de echar su partidita de cartas a la hora de la siesta y su chatito de vino con las amigas al atardecer.

Luego su propio cuerpo, por el simple transcurso de los años, la fue hacienda algo más torpe y fue reduciendo de a poco la actividad. La insistencia de sus hijos en que ya estaba mayor, también la había desanimado y fue dejando de ocuparse de la cocina y de hilvanar la aguja; no por pereza realmente sino sintiéndose cada vez menos útil.

Lo había aceptado como parte del transcurso natural de la vida y como ya antes había visto a sus propios padres irse consumiendo lentamente. Lo había aceptado pero no por ello se había limitado a dejar que los días pasaran, se daba su paseito por la mañana, salía a la compra, a desayunar con alguna amiga, participaba en actividades del centro de mayores y visitaba a nietos y sobrinos que vivieran en un radio inferior a una hora de transporte público.

Y de pronto ese verano, con la casa del pueblo en un continuo trasiego de familia entrando y saliendo entre las vacaciones y el descanso de las altas temperaturas de la ciudad, la abuela casi estaba irreconocible.

Continúa con la parte 2

jueves, 10 de septiembre de 2026

Recuperar(se)

La alarma del móvil suena a las siete y tres minutos de la mañana. Es sábado y no tiene que trabajar pero hace ya un tiempo que ignora su descanso. La productividad. La puta rutina. Apaga el despertador y remolonea. No tiene intención de volver a dormirse a pesar de que anoche acabaron de darle casi las dos viendo videos en internet.

Permanece en la cama. Hubiera dicho que fue solo un parpadeo. Pero son las once y media ya. Se levanta de un salto se maldice. Corre descalza por el pasillo hacia el baño, no porque necesite ir urgentemente sino porque debe recuperar el tiempo perdido. Tenía un esquema. Sus horarios bien organizados. Piensa que puede saltarse la ducha y el desayuno. Con eso le gana treinta y nueva minutos a la planificación del día. Y puede pedir la compra online y que se la lleven a casa. Su bolsillo lo notará pero lo toma como el pago de su despiste. Otros veintisiete minutos ganados, puede que un poco más si hace el pedido mientras baja las escaleras de su edificio camino al gimnasio.

Corre de nuevo por el pasillo hasta su habitación. Se golpea con la pata de la cama en el dedo meñique del pie derecho. Cae doblada de dolor. Como si no tuviera suficiente con haberse quedado dormida que ahora va a terminar de mandar a la mierda su planificación por pasarse el día en urgencias.

Permanece un rato en el suelo. La casa en completo silencio. En verdad se siente descansada y su dedo no duele tanto. Comprueba la hora. ¿Y qué más da? Le ruge el estómago. ¿Y si no le hiciera caso a la agenda?

¡Caprichosa! ¡Débil! ¿En serio va a romper su racha de rutina perfecta? Vale que siempre surge algún imprevisto... ¡pero no altera tanto su planteamiento! Intransigente. Inútil. ¡Venga ya, ¿y qué más?!

Gatea hasta el zapatero y revuelve entre botas y demás calzado que hace meses (o años) que no se pone porque solo las deportivas le favorecen el ritmo frenético. Saca unas sandalias. Se las prueba y se pone de pie. ¿Se puede saber qué está haciendo? Para. ¿QUÉ. ESTÁS. HACIENDO?

Observa la cama deshecha. La ignora. Abre el armario. Hay un vestido que aún no ha estrenado. Diría que ha engordado. Cierra el armario y va hasta el salón. No tiene ningún sentido que eche por tierra toda su planificación del día. Se siente cómoda con las sandalias.

Cierra la agenda y la mete en un cajón. Se pone el vestido y se mira en el espejo. Le sienta muy bien. Se siente... guapa. Mete el móvil y la cartera en una bolsa de tela. Guarda también dentro el libro que lleva seis meses en su mesilla. Decide que no se va a maquillar.

Sale de casa. Camina solo por calles estrechas y poco concurridas. Sin prisa. Como si de pronto entendiera lo que es tener un día libre. Encuentra una cafetería muy cuca que no parece especialmente cara. Pide un café con leche y un trozo de tarta de chocolate. Se sienta en un rincón junto a la ventana. Quita los datos del móvil. Disfruta del desayuno mientras lee. Hacía tanto tiempo que no dejaba de sentir esa presión en el pecho que por un momento se asusta. Degusta la tarta sin cargos de remordimiento. Se deja llevar. Debería repetirlo con frecuencia.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Elige

Novecientos euros. ¿El alquiler a diez minutos del trabajo y a cuarenta minutos de una extensión de más de veinte metros cuadrados de naturaleza, o el chalet en mitad de la montaña a una hora de atasco en coche (porque lo de los horarios del autobús mejor no valorarlo)?. Ese concepto al que llaman calidad de vida y unas cuantas úlceras de estómago.

Trescientos euros restantes. La nevera compuesta por ofertas, descuentos por próxima caducidad y marcas blancas. ¿Repetir la misma comida tres días seguidos o la lechuga de tu propio huerto?. No, no, un buen pescado, un pedazo de salmón bien grande. ¡Utilizar el horno! Y es que ojo con encender una lámpara cuando todavía puedas ver si estás cogiendo un cuchillo jamonero o un bolígrafo con pompón. ¿La lavadora cargada hasta que no entre un alfiler o la ducha con agua caliente?.

Cien euros en la cuenta. El abono de transporte. Las pastillas de la alergia. Ojo con pillarte un resfriado. ¿Montar en bici encerrado en un gimnasio o por mitad de una ciudad llena de kamikazes?. El mapa marcado de tiendas de ropa de segunda mano. ¿Cuándo fue la última vez que estrenaste un pantalón nuevo, nuevo de verdad? ¿Las bragas con la cuerda elástica totalmente dadas de sí o unas botas que no tengan goteras?. Un café muy de vez en cuando. Recargo extra de setenta céntimos por querer leche sin lactosa o de avena. La camarera que te observa convencida de que te has subido al carro de la modernidad y ni se le ocurre pensar que quizá tu cuerpo no tolera la unión de una molécula de glucosa y otra de galactosa.

Veintisiete euros. El ahorro para el viaje de navidad o para el master con el que llevas años tonteando. ¿Una beca? Solo si primero puedes costeartelo.

sábado, 29 de agosto de 2026

La parada: él

Regresa a La parada: ella

Los autobuses se suceden hasta que la estación queda prácticamente vacía. Entonces ella se pone en pie y se calla durante veinte segundos, relaja el rostro, le tiende la mano y le propone ir a cenar juntos a un restaurante asiático próximo, estarán por cerrar su jornada pero para ella, presume, seguro que pueden esperar un poco más. Casi parece que en un parpadeo la chica que discutía insaciable hubiera sido sustituida por una hermana gemela de actitud pacífica. Pero no ha sido así. Sigue siendo ella. Ella con la misma disposición de siempre.

Él se pone en pie, no la mira y echa a caminar. Ella le recuerda que hay otra salida más próxima. Él la ignora. Ella corre hacia él suplicante, se arrodilla e incluso, gimotea, luego hasta deja escapar alguna lagrimilla. Él continúa compasivo. Ahora es ella la que suplica una disculpa y pide que le de una nueva oportunidad. Él, ahora sí, se detiene y la mira fijamente a los ojos. Pronuncia con claridad un "se acabó", corre hacia uno de los búhos que ya está cerrando las puertas y se sube.

Ella queda tirada en mitad del pasillo con los ojos cerrados y sin saber reaccionar.

martes, 25 de agosto de 2026

La parada: ella

La estación de autobuses es un hervidero de gente yendo y viniendo, unos iniciando sus vacaciones, otros regresando, algunos simplemente huyendo de la capital durante el fin de semana y unos pocos marchando de o hacia el trabajo. La mayoría de bancos son ocupados por un breve espacio de tiempo, pero hay uno justo en la mitad del pasillo en la que están una pareja sentados desde hace más de hora y media.

Rondarán la treintena. Ella lleva un vestido corto y muy escotado; él un vaquero con una sencilla camiseta verde. Discuten. No, dos no discuten si uno no quiere. Ella le regaña, le echa en cara detalles estúpidos aún reconociendo que no es para tanto, pero le sigue chillando como si fuera un error mortal. Tiene una voz irritante, aguda, de las que se te clavan en el tímpano y no consigues sacarte con la música a tope en los auriculares. Él, cabizbajo, murmura disculpas cada poco tiempo. Ella no las acepta, las critica incluso.

Algún transeúnte se detiene y les observa momentáneamente. Ella les dedica una fría mirada y continúa su discurso, como si realmente fuera un texto político para el próximo debate electoral, con las justas propuestas de mejora y una tonelada de mentiras con las que tapar sus propios escándalos. Él se siente humillado, más por la situación que por ser consciente de las miradas indiscritas. Y ella sigue y sigue repitiendo temas, desgranándolos hasta la saciedad, incansable.


Continúa con La parada: él

viernes, 21 de agosto de 2026

Vacaciones

- Una camiseta, un pantalón, el bañador, las gafas de buceo, una falda, las chanclas, el pijama, calcetines, ropa interior, unas deportivas y el neceser. Y luego llevo dos libros (para el ebook ya no hay hueco y hay que saber contenerse), cinco cuadernos y diez bolígrafos (porque cada historia tiene su propia tinta más su correspondiente repuesto, por si acaso).

- ¿Y cuánto tiempo dices que te vas?

- Seis... días... mmm... tienes razón, creo que debería sacar las deportivas; con las zapatillas que llevo puestas es suficiente... y la falda también la quito, me voy de vacaciones, no de fiesta.

- Pensaba que ibas a descansar.

- Sí, por eso solo llevo cinco cuadernos, no ha sido nada fácil la selección.

viernes, 24 de julio de 2026

¿Cómo se hacía?

Y… bueno… pues…

Es sencillo…

Sí, lo es.

O sea, ha pasado un tiempo desde la última vez.

Sí, ha habido una pausa.

Pero esto es como montar en bici, no se olvida.

No, no, se lleva en la sangre.

Hay que prepararse.

Concentrarse más bien.

Pero ayuda seguir un ritual.

Sobre todo, tomarse en serio el trabajo.

Y poner un poco de música.

No bloquearse ante la página en blanco.

Tener una bebida estimulante: café, té o lo que más te guste.

Poner el teléfono en silencio para evitar distracciones.

Y un poco de incienso, pero que no haga mucho humo.

...

...

Coges un cuaderno.

Sí, uno cualquiera.

No, no, uno que lleves un tiempo reservando para el momento adecuado.

También vale un folio en blanco, o incluso un papel en sucio que…

Eso es un poco ordinario, pero estrictamente sí, también sirve.

El cuaderno al final va a acabar lleno de tachones y lo que importa va a ser el contenido.

Vaya con la del ritual...

Yo solo te hablo desde mi experiencia.

Que sí, venga, y también se puede hacer a ordenador.

Pues sí, y facilita compartirlo con otras personas.

Eso si te quieren leer.

Muy cierto.

Bueno, ¿qué, le damos?

También puedes empezar tú.

Madre mía, ¿cómo estamos hoy?

Sí, ya… mejor dejarlo para otro día.

Sí, claro, o para otra vida.

Quizá sea lo mejor.

Era ironía.

Pues yo no lo he notado, no había ningún signo que lo indicara.

Venga, mujer, no te hagas la tonta, que…

Óyeme, tú a mí no me insultas.

¡¿Pero y ahora qué he hecho?!

No, más bien, ¿QUÉ has dicho? ¿Qué y CÓMO? Porque es que claro,
nos pensamos que aquí todo vale, pero hay que cuidar la forma y el fondo.

Mira, esa es una lección importante para…

No me cambies de tema…

No, si tú con tal de no sentarte a escribir haces cualquier otra cosa.

Perdóname pero fuiste tú quien inició la discusión.

Pues sí, pero digo yo que también servirá como ejercicio de escritura.

Sí, de escritura creativa, que se lleva mucho ahora.

Pues ala, un par de likes y a otra cosa.

O a por otro texto.



martes, 30 de junio de 2026

Me he comprado una planta y la voy a asesinar

Ha sido un autoregalo, me apetecía mucho tener una plantita, darle algo de color a la rutina, verla crecer. Es que de pronto hasta tenía ilusión.

Pero ha sido una decisión muy egoísta. Si aún no he quitado ni la decoración de Navidad (ni planeo hacerlo en las próximas semanas). Si apenas he sido capaz de cuidarme a mí misma estos meses. Egoísta también porque sobrevivir a los más de treinta grados casi constantes de casa no es viable. Y aún así, la metí en la cesta de la compra, la puse en la cinta transportadora, la pagué y caminé con ella hasta casa.

Diría que los primeros días sí la cuidé. Pero en cuanto empezó a quedarse sin flores, miré a otro lado. Ya me habían dicho que podía ser solo por su ventana de floración y que debía persistir en sus cuidados.

Desistí sin intentarlo y luego la mantuve muerta en el salón por varios días. Como si mirarla con pena fuera a revivirla. Como si la pasividad me pudiera salvar.

jueves, 18 de junio de 2026

Reincidente

Es raro estar aquí de nuevo. Raro. Confuso. Triste. Motivador. Empezar de cero sin partir de cero. Comprensible, más que nunca. Pero empezar de nuevo como tantas otras veces. La duda de si habrá una próxima ocasión... porque haya llegado el final o porque no haya una pausa.

Difícil concentrarse. Un poco por el calor, un poco por el ruido del ventilador, un mucho por la falta de costumbre. Otro tanto por el peso de la conciencia y el ritual desvanecido. El absurdo y la lógica de la carga mental. ¿Y qué? Mirar la pantalla y sentirla ajena pero como siempre: una pestaña con el blog, un video de Youtube con un piano tranquilo, el diccionario de sinónimos, el Drive con numerosos archivos acabados en " - pendiente revisar".

Tener de nuevo un documento abierto: con su esquema de escenas, con su código de colorines sobre frases a revisar, con comentarios en los márgenes. Poner los dedos sobre el teclado, pasear la yema con suavidad por las distintas letras pero sin pulsarlas todavía. El vértigo y la ilusión. El vacío y la esperanza.

jueves, 21 de mayo de 2026

Un océano inmenso

He visto emerger una isla frente a mis costas. Una bien frondosa y en calma. No me he vuelto loca imaginando cómo sería vivir allí, ni tampoco me he desesperado buscando la forma de llegar. La he contemplado en la distancia y me he sonreído como si de alguna manera estuviera viendo una imagen real de mi futuro.

Entonces he parpadeado. Solo un pestañeo fugaz para evitar la sequedad de la córnea.

La bocina de un camión. El adelantamiento temeroso entre dos coches. Un grupo de colegas vociferándose en mitad de la noche veraniega. Gente corriendo. Luz constante. Un pozo profundo. Máquinas engrilletadas a la rutina. Ni siquiera el recuerdo del más simple atardecer.

En solo un instante, se ha hundido la isla, se ha evaporado el mar, se ha difuminado la costa e incluso he desaparecido yo.

miércoles, 15 de abril de 2026

Las distancias

Los latidos descontrolados. La respiración insuficiente. El temblor desvocado. La pérdida de memoria. El hospital. El dolor. La grieta. El abismo. El descenso a los infiernos. El pozo que no tiene fondo. Una planicie sin nada a lo que agarrarse. Un faro a lo lejos.

El recuerdo. La chispa que incendia la noche. El perfume que ya no huele a tu colonia. El abrigo que ya no protege del frío. La melodía que ya no escapa de tu garganta.

El recuerdo de los días que compartimos y aquel primer regalo de cumpleaños. Una fotografía sobre el escritorio. Tu plato favorito y una tonelada de pan para poder rebañar hasta la última gota de la salsa de arándanos. Una caja llena de cromos arrinconada en el trastero.

La tristeza. La más profunda. El paso del tiempo y la ausencia. Tu presencia invisible. Inevitable. El llanto amargo. Las lágrimas pausadas. La ternura. El cariño. Una sonrisa tibia al pronunciar tu nombre.

sábado, 11 de abril de 2026

Un adulto funcional

Cargas la compra por las escaleras porque tu edificio no tiene ascensor. Te cuesta pero llevas varios años viviendo en el bloque y tus piernas y tus brazos ya están hechos a esos "esfuerzos".

Abres la puerta, sueltas las bolsas sin ningún cuidado y al instante recuerdas que habías comprado huevos. Compruebas la huevera. Todo parece estar bien. Has tenido suerte en esta ocasión. Te descalzas y dejas las zapatillas en mitad del pasillo. Te gustaría tener unos de esos mueblecitos en la entradita pero no es que tengas mucho espacio.

Vas a la cocina y bebes un poco de agua del grifo en uno de esos vasos que antes fue recipiente para la nocilla. Tu vajilla se compone principalmente de piezas desiguales entre sí: las pocas que te dejó el casero, las que te regaló tu madre, un regalo que te trajo tu primo, elementos comerciales varios y alguno que se te antojó en mercadillos de pueblo.

Abres la nevera. Está raquítica. A excepción, obviamente, de medio limón seco en el fondo del cajón de la verdura, y un conjunto variado de salsas. Habrías ido antes al supermercado pero no es que tengas tanto tiempo libre. Colocas la compra: productos que estaban rebajados por próxima caducidad y un par de caprichillos (yogures con chocolate en lugar de los naturales de marca blanca y un par de cervezas). Luego vas a la despensa y dejas la leche junto a los botes para guardar la pasta con etiquetas medio borradas de judias verdes, mermelada y lentejas que caducaron hace seis años. Te das cuenta que has vuelto a olvidar por tercera semana consecutiva que ya tienes varios paquetes de arroz - es que estaba en oferta. Abres en el móvil una aplicación que utilizas para la lista de la compra (un compendio de supermercados con elementos destacados en función de los precios más bajos) y apuntas en mayúscula que no debes comprar más arroz.

Te tiras un rato al sofá. Tú querías ir al gimnasio, pero entre las agujetas de la clase de body combat  de hace dos días y la paliza de toda la semana en el trabajo, no te sientes capaz. Vamos que no tienes ni pizca de ganas. Te prometes ir mañana sin falta. Spoiler: te va a dar tanta o más pereza que hoy y no irás. Pero la semana que viene cumplirás a rajatabla. Ni que sea por ver al tío que entrena brazos y que menudo cuerpo se gasta. Pasas la siguiente media hora viendo videos en redes sociales. Uff, estaría bien leer un ratito... aunque no te acuerdes ya de qué iba el libro que tenías empezado. Lo dejas para otro momento en que tengas más tiempo y mejor concentración. Sientes la cabeza tan agotada que crees que podrías hasta disfrutar de observar a una araña quieta en su red.

Piensas en la cena. No, piensas que quieres comer pero no sabes qué. Últimamente se está convirtiendo en un momento tedioso. Antes lo disfrutabas pero ahora te aburre porque repites las recetas de siempre por la falta de tiempo e inspiración para innovar. Te decides por calentar en el microondas un cuenco con puré de brick. Comes. La casa está en silencio. En parte te alegra, demasiado ruido en la ciudad. En parte, te ahoga esa soledad. No enciendes la televisión. Eso es peor que mirar el móvil. Tu cabeza vuelve al trabajo, a la lista de tareas pendientes y al cliente tocapelotas que pese a todos tus esfuerzos, acabó por amargarte la mañana y el resto del día. Hubiera sido mejor encender la televisión.

Friegas los cacharros, los de la cena, los del desayuno, el tapper de la comida y alguno más que tenías de hace unos días. Te preparas un sandwich para el almuerzo del día siguiente. Ya comerás mejor en el fin de semana. Oye, al menos puedes felicitarte por haber dejado vacío el fregadero.

Vas al baño. Te lavas los dientes después de exprimir con mucho esfuerzo el tubo de la pasta de dientes. Observas la montaña de ropa esperando su turno para pasar por la lavadora. Lo ignoras.

Te pones el pijama y preparas la ropa para el día siguiente. Abres el cajón de la ropa interior y te cuesta seleccionar un par de calcetines entre los que están desparejados, los que tienen algún otro tomate y los que permanecen al fondo sin estrenar porque son feos. Te decantas por unos nuevos. A lo loco, total mañana es viernes. Dejas la cama abierta y te fijas en el calendario que tienes colgado en la pared. Las primeras semanas apuntabas cosas, después tan solo has ido arrancando meses.

Enciendes el ordenador. Sabes que eso es justo lo que deberías evitar hacer antes de irte a dormir, pero mirando el calendario te has dado cuenta de que en unos días es el cumpleaños de tu madre, tenéis comida familiar y tú todavía no le has comprado un regalo. Navegas por internet cerca de hora y media. Lo cierto es que no tienes ni una sola idea de qué comprar y al final se te ha olvidado qué estabas haciendo y te has puesto a mirar precios de casas rurales para las próximas vacaciones; aunque acabaras yendo a casa de tus tíos como siempre.

Recuerdas que tú tenías un móvil. Lo encuentras en el bolsillo de tu pantalón después de un buen rato dando vueltas por el salón y haberte planteado que lo habías perdido en el supermercado. Como si no lo hubieras estado utilizando desde que has llegado a casa. Te han entrado nueve correos (de las varias cuentas personales que tienes porque para qué tener solo una), la mayoría de ellos de spam. Los borras sin abrirlos y te cuestionas porqué sigues suscrita en varios portales. No te das de baja de ninguno de ellos. Por si acaso.

Abres la aplicación de mensajería instantánea. Ha crecido exponencialmente el número de conversaciones pendientes de responder. Te deslizas hacia abajo leyendo los nombres: tu padre, el grupo de colegeo del trabajo, tu prima, la casera, la amiga del erasmus, anda mira, incluso tu hermano, el grupo del instituto incapaz de coincidir en una fecha para verse, aquel amigo que llevas dos años posponiendo contestar porque quieres escribirle largo y tendido y con calma. Vas al chat del chico. El chico. No el del gimnasio. Ese es todo musculitos pero ni una neurona. Tu chico no es que esté muy fibroso pero no tiene mal cuerpo. Él no te ha escrito. Teneis algo pero no del todo. Charlais, tomais algo. Os lo pasais bien. Dudas y finalmente le escribes. Dejas los datos puestos y subes el sonido. Por si contestara.

Te metes en la cama. Pones la alarma. Tu reloj inteligente vuelve a decirte que apenas alcanzarás las cinco horas de sueño. Te da rabia, has estado perdiendo el tiempo con el móvil. Te quedas mirando el techo. Repasas tu día: decidiste ir al trabajo caminando en lugar de coger el bus, y fue una muy buena idea, el otoño está precioso; y ¡oh! estás orgullosa de la dirección que está tomando uno de los proyectos que te encargó tu jefe; los quince minutos que te has parado en una cafetería a la vuelta del trabajo han sido muy agradables, y has descubierto una nueva cafetería; la clase de inglés no ha sido brillante pero te has dado cuenta que estás empezando a pensar en inglés. Piensas en tus primeros días cuando te independizaste, en cómo te aburrías y te agobiabas por todo. Piensas en la niña constantemente enferma que soñaba con vivir en la gran ciudad. Piensas que aún con todas las imperfecciones, estás siendo capaz de sostener tú sola una rutina estable. Te duermes con una sonrisa en los labios.

jueves, 26 de febrero de 2026

Adorables vecinos

Suena una música machacona. Una planta más abajo. ¿Dos? Lo escuchas todas las noches. Puede que no exactamente la misma canción... si es que se le puede llamar así, pero desde luego que sigue el mismo patrón: moderno, eléctrico, insistente, sin pausas. Una batería constante que, a ratos, incluso acelera aún más su ritmo. Pa, pa, pa, pa. Más fuerte. Más rápido. PAPAPAPA.

Te apagas. O sea, te tienes que apagar porque en seis horas y media vuelves al ruedo; a la acción, al trabajo básicamente. No eres actor. Solo a veces te sientes como una marioneta. Pa pa pa pa pa pa. Sigue ahí, aunque tus oídos no lo registren, tu cerebro ha aprendido a tomarlo como un latido más y ha asumido incluso que es parte imprescindible de tu supervivencia. ¿Por qué? ¿O sea, de verdad? Desde luego que no estás de acuerdo con esa forma de adaptación, no es algo con lo que hayas nacido, pero da igual tu opinión, tu cuerpo ha tomado la delantera a tu pensamiento. ¿Si? Esto... ¿es posible? ¿No eres capaz de manejar tu propio cuerpo? PAPAPAPA. Pa, pa, pa. PAPAPAPAPAPA.

Enciendes la luz con cierto cabreo. ¡Qué coño! Estás muy enfadada. ¿Es que la gente no sabe vivir en sociedad y respetarse? "No", te contestas tú mismo. Ni sabe, ni le interesa. PAPAPÁ.

Te levantas de la cama impulsada a bajar en pijama en busca del capullo que no respeta el descanso de los demás. Llamarías a su timbre, te lanzarías a su yugural y listo, piensas. Un poco violento quizá, pero desde luego que nadie podría alegar que no fuera una acción del todo desproporcionada. PA pa PA pa PA. Se te ocurre que es mejor servirle una venganza fría: averiguar quién es y replicar su ruido mientras esté durmiendo... Ay, no, eso sería como seguirle el juego. No, no, no, tú eres una persona civilizada. "Disculpe, señor Jiménez, ¿sería usted tan amable de no poner la música tan alta por las noches? Es que hay gente que tiene por costumbre madrugar, algunos incluso deben hacerlo para ir a trabajar". "Y una mierda, estoy en mia casa y hago lo que me sale de ahí mismo", piensas que va a ser su respuesta, porque sí, porque ya está demostrando su caracter. "Que te jodan", le dirías entonces cerrándole en las narices la puerta de su propia casa. Eh, eh, eh, cuidadito que te estás calentando y no es bueno ni para tu corazoncito ni para la densidad de población de canas de tu cabeza. PA-PA.

No te sulfures, hazme el favor... Papapapapapapa. PAPAPAPA. ¡No te sulfures! A ver, ¿quién no se olvida esporádicamente de la intimidad del hogar y excede el límite de decibelios tolerables en un edificio de más de veinte apartamentos? Esto es, está el bebé que llora de forma insistente porque tiene unas décimas de fiebre, esa pequeña obra en el cuarto de baño, aquel día de recolocar los muebles en el salón para que se sienta más espacioso, los taconazos para la boda del primo - con todas sus prácticas pertinentes para no tropezar en el momento más inoportuno-, ese cumpleaños que pretendía ser discreto y acabó yéndose de madre, el partidito de fútbol - o el de tenis o baloncesto, e incluso una competición de natación sincronizada porque, otra cosa no, pero aquí todos somos muy deportistas, al menos como seguidores por televisión,... Lo ves, si es que al final todos en algún momento hemos molestado a otros... Muy bien, eso es, vuélvete a la cama y sigue disfrutando del concierto, ojo que es gratis, y que además ahora ya solo te quedan cinco horitas para que suene el despertador; si es que quieres apurar tanto el día que luego pasa lo que pasa... Veeenga, a dormir, no te deleites tanto con tu vida de mierda, si total, a estas horas ya no vas a hacer nada para cambiarlo, ¿no?

miércoles, 18 de febrero de 2026

Sujeto indeterminado

No sé... Quizá. Tal vez. No digo yo que no, pero tampoco puedo decir que sí. ¿Lo entiendes? O sea, a lo mejor es una buena idea. Pero también puede que sea un desastre. Yo no puedo... elegir.

Pausa. Silencio. La mirada perdida más allá del horizonte.

Desde luego que hay que tomar una decisión, ahí estamos de acuerdo, pero no solo depende de mí, no es este el caso, así que... Pues es que ahora mismo no sé qué opción es mejor... Hablamos de eso, de ir por el camino que más nos favorezca. Tengo mi opinión, por supuesto... pero no quiero condicionarte.

El cuerpo tenso y la boca sin saliva.

No digo que no quiera tomar una decisión, digo de llegar a un acuerdo... y que plantees tú primero por dónde preferirías que fuéramos. Que lo hablemos, vaya, siempre hemos dicho que nos enorgullecía nuestra comunicación activa.

Y aún así, el corazón sin acelerarse de más.

Si estuviera yo solo... pues me daría igual lo uno que lo otro, pero ahora... tal vez. Quizá. No sé.

sábado, 14 de febrero de 2026

El que está a tu lado

Una ráfaga de viento que te arrulla, acompaña tus pasos con delicadeza y te sostiene los días en que tus piernas flaquean. Un huracán que te sacude, que te lanza lejos y te aparta de la senda; no borra tus pasos, no te impide regresar, solo te enseña otros caminos.

La fuerza que sostiene tu mirada y te hace brillar de forma natural, esa por la que te levantas antes de que amanezca. Ese terremoto que te arrasa y del que nadie conocerá su magnitud ni probablemente aprecie sus consecuencias.

Una ola que te mece tan suavemente que te hace incluso dudar de que la gravedad exista en el mundo real. Un tsunami que todos preciden debiera alcanzarte pero que no tiene más remedio que achantarse.

lunes, 2 de febrero de 2026

En medio de la ciudad

Manuela camina hacia el edificio verde. Pasa un coche por la carretera y luego otro. El pavimento está mojado y la fricción de las ruedas la sobresalta. Son las siete y media de la mañana. Ahora pasan tres coches, más deprisa y haciendo más ruido. Ha salido de casa puntual aunque aún no tenga una respuesta. Un taxi pita a otro para que apure un poco más el hueco de aparcamiento y así puede maniobrar bien en la esquina. Se andan a voces sin bajarse ninguno de los dos.

La muchacha tiene la esperanza de que, caminando, le termine de llegar la inspiración divina y se incline por tomar una decisión. Una moto baja la calle a toda velocidad. El motor es aún más escandaloso cuando se detiene en el semáforo. Ella cruza por el paso de cebra. Le gustaría poder concentrarse ni siquiera en el repiqueteo de lluvia. Una ambulancia lleva la sirena encendida. Detrás, la policía y, al poco, también hasta los bomberos con la alarma bien potente pese a que no haya tanto tráfico. Vuelve a pensar en las consecuencias inmediatas de decantarse por una u otra opción. Un Ferrari arranca un poco más allá y el dueño quiere que toda la manzana se entere de que tiene un carrazo. Ruge una y otra vez como si no le importara que algún vecino aún pudiera encontrarse durmiendo.

La chica apenas llegará a la treintena. Tiene que concentrarse profundamente para seguir su hilo de pensamiento. Los coches se suceden con más frecuencia en la avenida principal. Se pone los auriculares aunque el conector queda perdido en el bolsillo, solo por tratar de minimizar un poco el eco de la carretera. Otra ambulancia. Una moto. Un autobús pitando medio atravesado a la salida de una calle. Un coche que, sin saber ella mucho de mecánica, le suena a que debería ser urgentemente revisado en un taller.

Ha llegado. Está frente al edificio verde. El coche de su jefe pita insistentemente a modo de saludo. TOMAR UNA DECISIÓN YA. Un par de motos y un taxista cabreado. Manuela contempla el edificio. Los coches se suceden ignorando, obviamente, su presencia. Ella, por más que lo intenta, no puede dejar de escucharlo. Otra vez la policía. Un camión de basura. Un coche con un megáfono que anuncia ofertas en alfombras en una tienda local. Un frenazo. Un coche derrapando. Varios pitidos. Un martillo eléctrico levantando el asfalto. Vamos, Manuela, no es tan difícil tomar una decisión.

jueves, 29 de enero de 2026

Un campo lleno de flores

Es una noche sin luna; la oscuridad salpicada por cientos de estrellas que me deslumbran y hacen que la respiración se vuelva pesada. Son las esquirlas de tu cuerpo que se insertan en mi piel, que sostienen tu nombre en mis labios y lo propulsan más allá de nuestra galaxia.

Es una fina brisa que sacude mis cimientos; el mar embravecido silenciando todos mis incendios. Son las gotas de lluvia que atraviesan una ciudad abandonada, que anhegan las calles de flores y acaban por escalar una montaña con tal de hacer regresar mi calma.

Es caminar en un gélido día de invierno mientras voy desnuda por el desierto, y que, de pronto, sienta que el mundo se detiene, que físicamente La Tierra deja de girar para que me proporciones el abrigo que no sabía que necesitaba. Son todas las veces que creo estar ahogándome y cómo una simple mirada hace desaparecer el temblor de mis manos; dejarme sin palabras y que quiera hablarte sin parar.

Es navegar sin rumbo y saber que estamos en la ruta, ser conscientes de que no somos sabios, pero enfrentar las dudas y los miedos con confianza. Son los mamíferos que rugen y arañan, los insectos que pican y las aves para las que somos una presa fácil; todo lo que podrían devorar y ante lo que se detienen.

Es llegar al horizonte y detenerme al descubrir nuevas montañas, pero permanecer sosegada porque puedo disfrutar del amanecer y ya después retomar el viaje. Son la fuerza y el aliento de estos meses que han abierto una herida para siempre, pero nos mantienen en la batalla.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Algunos días son noches

En un día de final de verano, cae la niebla, densa, áspera, agresiva. Llega despacio y se extiende sin freno. Y tú, sentado apaciblemente al borde de la piscina comiéndote un helado, sigues salpicándote agua porque sabes que no se puede detener la bruma.

No has llegado a sentir la estocada, pero ahí está; un puñal en el corazón salvaguardado por las arterias y las venas, los pulmones, el esternón, los músculos pectorales, los vasos linfáticos y la piel. Una daga sujeta al epicardio, al miocardio y al endocardio. Un filo estrecho y afilado.

Tampoco has sido consciente del momento en que el brillo de tus pupilas ha reflejado centenares de estrellas, incluso los días de luna llena; una luz que no ciega, que abraza con profunda calidez.

Ha llegado la noche cuando aún era de día. Has provocado una explosión de contrastes que evade la energía violentamente y no te ha sorprendido el desprendimiento del amor más puro ni las respuestas neutrales, las palabras tibias o el exceso de adjetivos. En algunas zonas del planeta pasa eso, pueden ver auroras boreales y tirarse varias semanas en penumbra o incapaces de catar la oscuridad.

En un día de final de otoño, siguen los ojos vendados y tú, arrebuñado en una manta junto al crepitar de la chimenea, esperas con ansia el invierno porque sabes que van a ser solo unos meses de frío clavado en tus huesos antes de que vuelva a salir el sol.

jueves, 9 de octubre de 2025

¿Y si...?

Ha sido raro volver a verte… ha sido… ni te recordaba... sino me dicen que eres tú, paso de largo... apenas encuentro en tu cuerpo al niño de ocho años de la última vez que nos vimos... éramos tan críos... Y ahora ya no, ahora somos dos adultos..., con pareja y vida propia.

Pero en estos días te me apareces con frecuencia. Soy feliz con mi vida y desde luego que a tí también se te veía alegre de su mano... solo me ha dado por pensar, por imaginar qué hubiera sido de nosotros si aquel noviazgo, más bien un juego de la infancia, hubiera crecido; lo típico de la pareja de toda la vida.  

Pienso que habría encaminado mis estudios de otra manera porque habría tenido más claro un proyecto de vida a largo plazo. No me arrepiento de mi camino actual, sería otro tren con otro destino. Creo que tendría una vida más estable y menos humilde. Viviría con más calma. Con otro tipo de estrés. Creo que sería una vida más idílica. Quizá solo porque ahora sueño con ella. Pero sé que habría problemas, pequeñas crisis o alguna más grande.. porque en eso consiste estar vivo.  

Habríamos viajado por Europa porque yo te habría insistido. Tú estarías más a gusto en la rutina pero igualmente acabarías sorprendido descubriendo paisajes y edificios históricos. A estas alturas tendríamos una casita, sencilla y aún con rincones pendientes de arreglar, pero nuestra.

Pienso que una vida es mucho más que un par de sueños de una noche de verano, y que, a decir verdad, creo que podríamos ser buenos amigos, de esos que no solo intercambian un par de mensajes por navidad y en los respectivos cumpleaños, sino de los que se llaman con regularidad e incluso buscan apoyo en los momentos duros. Sí me gustaría ni que fuera conservar nuestra amistad. Pero en lugar de eso, simplemente nos saludamos y cada uno sigue su camino. Hasta que se vuelvan a cruzar. Ojalá en algún momento. Confío en que así sea. Pero esta vez no me pillará desprevenida. Sé que nos volveremos a ver.