jueves, 4 de diciembre de 2025

Algunos días son noches

En un día de final de verano, cae la niebla, densa, áspera, agresiva. Llega despacio y se extiende sin freno. Y tú, sentado apaciblemente al borde de la piscina comiéndote un helado, sigues salpicándote agua porque sabes que no se puede detener la bruma.

No has llegado a sentir la estocada, pero ahí está; un puñal en el corazón salvaguardado por las arterias y las venas, los pulmones, el esternón, los músculos pectorales, los vasos linfáticos y la piel. Una daga sujeta al epicardio, al miocardio y al endocardio. Un filo estrecho y afilado.

Tampoco has sido consciente del momento en que el brillo de tus pupilas ha reflejado centenares de estrellas, incluso los días de luna llena; una luz que no ciega, que abraza con profunda calidez.

Ha llegado la noche cuando aún era de día. Has provocado una explosión de contrastes que evade la energía violentamente y no te ha sorprendido el desprendimiento del amor más puro ni las respuestas neutrales, las palabras tibias o el exceso de adjetivos. En algunas zonas del planeta pasa eso, pueden ver auroras boreales y tirarse varias semanas en penumbra o incapaces de catar la oscuridad.

En un día de final de otoño, siguen los ojos vendados y tú, arrebuñado en una manta junto al crepitar de la chimenea, esperas con ansia el invierno porque sabes que van a ser solo unos meses de frío clavado en tus huesos antes de que vuelva a salir el sol.

martes, 29 de julio de 2025

La amenaza del bosque

Era un día tórrido de finales de verano. Había tres familias a la orilla del río, cada una a lo suyo pero los niños jugando juntos en el agua. Se habían instalado a mediodía. Reían y discutían por tonterías desde la calma propia del periodo vacacional, y como tal, tampoco les preocupaba el jaleo que estaban montando, simplemente estaban a lo suyo sin preocuparse por nada más.

Era esa clase de excursión que los chavales rememorarían el primer día de regreso al cole con tanta emoción que quizá incluso inventaran alguna aventura extravagante difícil de creer. Por su parte, para los adultos sería la clase de jornada que querrían replicar casi al detalle los siguientes veranos y que, entre unas cosas y otras, nunca llegarían a repetir.

Lo cierto era que se trataba de una estampa bastante idílica si no fuera por la cantidad de basura que iban soltando por los alrededores sin prestarle ni un poco de atención.

Luego había una mujer con una silla de camping un poco. De pelo cano, hacia los cincuenta quizá. Llevaba un vestido amplio de colores chillones y unas sandalias que, aunque no parecían las más apropiadas para el camino pedregoso que llevaba a aquella vereda del río, caminaba habilidosa sabiendo perfectamente dónde posar sus pies.

Llegó a primera hora de la tarde, cuando el calor resultaba casi insoportable incluso con los pies dentro del agua; pero ella apareció sin una muestra de sofoco. Analizó con una mirada profundamente fría a las familias y eligió un rinconcito a la sombra de un castaño solitario. Se dio un chapuzón rápido, más que nada porque los críos no dejaban de salpicarla, y se acomodó en su silla contemplando la vegetación. Una vez se secó, extendió la toalla en el césped y comenzó a hacer ejercicios de yoga. Tras una intensa sesión, se zambulló de nuevo en el agua sin librarse de las consecuencias de los juegos de los niños. La mujer continuó toda la tarde repitiendo el proceso: silla observando la naturaleza mientras su cuerpo se secaba, yoga y de vuelta al agua.

Las familias no fueron ajenas a su presencia, más que nada porque su rostro no les resultaba familiar y en el pueblo todos se conocían. Donde en muchos otros lugares reclamaban la presencia de los turistas en beneficio de la economía local pese a quejarse de lo difícil que se volvía aparcar, allí se enorgullecían de espantarlos por el simple hecho de que no los querían. ni los necesitaban.

A la mujer, por su parte, tampoco le agradaba su presencia; aún cuando no era que estuvieran a gritos, lo cierto era que con el paso de las horas habían ido escalando el volúmen de sus voces, por no mencionar cómo los niños, que obviamente estaban en edad de jugar y divertirse, habían pasado a salpicarla a propósito sin ni una llamada de atención por parte de sus progenitores.

En cuanto el sol desapareció en el horizonte, las tres familias recogieron sus bártulos, que no así todos sus desperdicios, y se disponían a marcharse. Donde debieran recordar aquel día con cariño, en cambio, pasaría a formar parte de sus pesadillas. El griterío de las familias se detuvo por un breve instante al ver cómo la mujer se transformaba en un lobo y se abalanzaba sobre ellos. Les dejó marcados a todos pero nada de gravedad, calculó a conciencia cuanta presión podían ejercer sus dientes y sus garras en cada cuerpo. Era solo una amenaza.

Después, se volvió a transformar en la mujer de pelo canoso y vestido colorido, recogió toda la basura que los otros habían dejado y se marchó por donde había venido, bajo la atenta mirada de las tres familias que permanecían inmóviles y con el único ruido de fondo del agua salpicando entre las piedras.

viernes, 25 de julio de 2025

Tierra seca

No queda una brizna de hierba ni una gota de agua sobre el río. Está la tierra baldía así como mis sentidos dejan de querer volver a tus brazos. No queda oxígeno. Ni una triste semilla para recuperar el huerto. Ahora el jardín está inerte y los topos no se atreven siquiera a hurgar entre los restos.

Si el corazón sigue latiendo es por la acción de la inercia porque estas manos que ya no acarician tu piel y estos labios que han olvidado tu saliva, se han vuelto marchitos y no saben cómo calmar la quemazón. ¡Ay, pero que camino tan escabroso! Si el cuerpo mantiene su temperatura corporal es porque el fuego tiene mucho bosque del que servirse como combustible. Si quedaron raíces es para recordar porqué se ha acabado la admiración y ya hay siquiera un poco de cariño.

No queda sal para curar el océano ni un poco de aliento para susurrar tu nombre. Está el viento en contra pese al anticiclón. No quedan misterios en las profundidades marinas ni tampoco emergen antiguos tesoros. No hay luz.

lunes, 21 de julio de 2025

Aliento de medianoche

Arrastras los pies. Avanzas pero no sabes hacia donde. Avanzas sin desplazarte. Levitas.Tu cuerpo se mueve por los hilos invisibles que te convierten en marioneta. Si te caes es porque te empujan. Si te levantas es porque tiran de tus músculos. Comes pero no te alimentas, tu piel se está volviendo traslúcida y tus neuronas no quieren emitir impulsos eléctricos; no es que no puedan, es que optan por no hacerlo, por apoyar a tu cuerpo en estado vegetativo.

Entonces viene la lluvia, que cubre tu rostro en pequeños parches de un somnífero que ya conoces. La calma fluye momentáneamente entre tus cejas y los orificios de tu nariz. La sientes. La abrazas y te dejas mecer. Para cuando te despiertas, el hambre y la sed con todavía más salvajes que antes. Si pudieras, si físicamente fuera posible, pellizcarías el gotelé de la pared y lo engullirías sin permitirte disfrutar cómo cruje entre tus dientes. Seguirías hasta alcanzar el cemento, los ladrillos y la estructura de hormigón hasta alcanzar los cimientos. No te detendrías aunque te hubieras saciado.

Por eso sigues avanzando, dejando que tus pies ya ennegrecidos, acumulen un poco más de suciedad sin intención de limpiarlos. Solo levantas la vista para dejar que tus ojos se pierden en el horizonte; permites que tus labios se transformen en una mueca silenciosa en la que tu respiración fluye lenta. La arena se mueve por el desierto y choca contra tus muslos, trepa por tu estómago y alcanza tu pecho, te reconoce y se lanza a tus pantorillas para alejarse rápido y no volver a posarse sobre tu cuerpo.

Hay algunas voces que retumban en tu cabeza, principalmente el eco que te trajo a esta aldea en sonbra. A veces se cruza una melodía machacona de discoteca que enseguida transformas en un ritmo en otra idioma que nadie ya puede interpretar. Solo un latido armónico te saca por unas horas del estado de duermevela. Luego caes de nuevo. Al acantilado. Al precipicio. Al abismo. Al vacío.

jueves, 17 de julio de 2025

Colapso

Tan pronto como abres los ojos, el golpe. La respiración invalidada y los músculos agarrotados  pero incapaces de detenerse. Intentas tomar algo de oxigeno, de verdad que te esfuerzas por hacer que en tus pulmones se produzca el intercambio gaseoso.

Niebla densa y claridad cegadora. Tus ojos tampoco son capaces de adaptarse a la realidad. De pronto el barullo más absoluto interrumpido por un profundo silencio que degarra los tímpanos. Dolor fisico en un cuerpo que apenas se siente; en un cuerpo que puedes palpar pero entiendes ajeno.

Las uñas afiladas y la piel pálida. Te arañas suavemente y sin querer pero parece que te vas a desangrar. Sientes la penumbra carcomiéndote. Te resbalas en ella y quedas cubierta de barrio. Sucia. Tratas de agarrarte a un clavo ardiendo. Al principio parece que funciona; luego te das cuenta de que aquellas imágenes nítidas que deberían conformar tu memoria se  han autodestruido al contacto con la retina.

Sientes el frío envolviéndote y el lento desafío del tiempo sobre tu rostro. Buscas un remanso de calma, lo visualizas, y te sumerges. Son unos segundos en que te balanceas sobre el columpio de tu infancia. Hasta que una ola se traga toda la ternura. Acusas de inmediato un latigazo en la espalda y su expansión lenta hormiguea por tus brazos y sacude tus piernas. Entonces tus pensamientos metamorfosean en rosas con profundas espinas que ni siquiera tú eres capaz de arrancar.

Aún así, tratas de gritar: un chorro de energía atraviesa tus cuerdas vocales pero se queda atascado en la garganta, aprisionado, incapaz siquiera de alcanzar las papilar gustativas. Lo vuelves a intentar y solo consigues esta vez que tus dientes rechinen.

Frenas todo intento de supervivencia cuando un temblor violento retuerce tu columna vertebral. Las rodillas dejan de soportar tu peso y caes. Permeneces en el suelo durante horas. Durante días, quizás. Inmóvil. Con la mirada perdida y el ánimo ausente. Hasta que todo pase o el mundo se derrumbe. 

domingo, 13 de julio de 2025

Independencia - Personal (2/2)

Regresa a la parte 1


A las tres y un minuto, por fin la adolescente consigue acceder al listado de sus puntuaciones. Contiene la respiración mientras se desliza entre los distintos números. Suelta todo el aire de sus pulmones y comenta las cifras en voz alta. Le cabrea profundamente haber obtenido un 6,25 en Historia; estaba convencida de que examen estaba por lo menos para un ocho. En Lengua y Literatura, así como en Inglés, consigue un 9’5 pero no lo celebra. La media le sale a un 11’379. Por mucho que suban las notas de corte, no debería tener problema para acceder a la carrera que quiere en la universidad más cercana a su localidad.

El padre y la madre no la prestan la más mínima atención pese a las llamadas de atención de ésta. A la chica, en el fondo, no le sorprende. Pero le duele. Abre el grupo del chat familiar y manda una captura de pantalla con todos los resultados y añade como comentario que debería darle la nota más que de sobra. Ambos progenitores reaccionan por el grupo: él con varios emoticonos aplaudiendo, ella con un par de gifs festivos. Sus rostros apenas muestran el mínimo cambio de expresión e incluso cierran enseguida el chat y regresan a sus respectivos intereses en la pantalla. No están de acuerdo en que quiera estudiar Bellas Artes en lugar de Arquitectura como ellos.

El teléfono de la hija comienza a sonar. Es su amiga Laura. Hablan por videollamada. Comentan frenéticamente sus respectivos resultados. A ella también le dará la nota de corte para acceder a la carrera con la que lleva años soñando, pero igualmente no está contenta con la puntuación de su examen de Historia.

Cuando cuelga, permanece inmóvil unos segundos. Es consciente de la varidad de idiomas que se escuchan entre los clientes del chiringuito. Y entonces se le ocurre algo, una idea con la que ya había fantaseado en alguna ocasión pero que no se había planteado en serio. El corazón le palpita, ahora ya no de nerviosismo, si no de emoción. Teclea en internet: acceso a la universidad en el extranjero. Hace una búsqueda amplia, por no limitarse opciones, ya tendrá tiempo de ir afinando su búsqueda.

El sorteo de los partidos de waterpolo concluye y el padre apaga el móvil refunfuñando. Llama la atención de un camarero para que les traiga la cuenta. Observa a su mujer y a su hija literalmente que un total de tres segundos para después quejarse de que no sean capaces de soltar el teléfono ni dos minutos y disfrutar de la familia ahora que están de vacaciones. La madre tardará unos segundos en conseguir completar el pedido del barco de su granja virtual y le dará la razón matizándola, no entiende porqué su hija no suelta el teléfono ni para comer, precide que luego se molestará de que la batería le dure tan poco.

La adolescente les ignora y continúa con su investigación. Será admitida en una universidad del norte de Alemania, con el dinero de su último cumpleaños se comprará un vuelo para dos semanas antes del inicio de las clases y conseguirá trabajo de media jornada en una cafetería local gracias a un programa de la universidad que le permitirá acceder también a una beca y facilidades con el alojamiento en una residencia de estudiantes.

Le contará todo a sus padres tres días antes de la partida, provocando una fuerte discusión. Discusión como tal no, en realidad solo vociferarán los progenitores, ella dará solo las explicaciones que considere oportunas, guardará silencio sobre otros muchos asuntos para evitar una ruptura familiar aún más profundo. Ellos no comprenderán ni apoyarán su decisión y eso reforzará precisamente aún más su determinación.

miércoles, 9 de julio de 2025

Independencia - Tecnológica (1/2)

Los tres con el móvil. El padre, la madre y la hija. Sentados a la mesa en un chiringuito a pie de playa. El típico para turistas de calidad muy cuestionable pero con los pies casi en el agua.

El progenitor está viendo el sorteo de emparejamiento de equipos de waterpolo para el próximo gran campeonato; se queja por todas y cada una de las asociaciones asegurando que todo está amañada para perjudicar a su equipo favorito. Busca la complicidad en otros clientes del bar pero la mayoría son extranjeros y le miran con desprecio por el vocerío, porque empezó susurrando pero ha ido aumentando el tono. Lo intenta también con los camareros pero estos están más preocupados de que el reloj marque el final de su jornada laboral que de cualquier otra cosa.

La madre está enganchada a un par de videojuegos. Por un lado, tiene una granja virtual y está estresada porque no le da tiempo a tener listo el cargamento del barco y obtener el gran botin de gemas. El problema es el pedido con los zumos de guayaba. Se ha tragado cuatro veces el mismo anuncio de un juego de apuestas para poder reducir el tiempo de producción de la fruta, pero ya no le está apareciendo la opción gratuita de aceleración. Así que mientras espera a que los árboles maduren, se pasa a otro simulador en que ejerce de cajera en un supermercado. Éste no le produce tanto agobio, el camión de los pedidos es rápido y los clientes muy frecuentes; solo está molesta con la última actualización porque le han cambiado las imágenes de algunos productos y anda despistada.

La hija, terminando de salir de la adolescencia para meterse en la juventud, trata de acceder insistentemente al portal de notas de las pruebas de acceso a la universidad; pocas veces ha estado tan nerviosa, ni siquiera en la propia semana de los exámenes, pero en los últimos días se ha descubierto mordiéndose las uñas en demasiadas ocasiones. Puntualmente intercambia un par de mensajes con su mejor amiga Laura por si ésta ha podido acceder ya. Lo mismo sucede a la inversa. Lo cierto es que no termina de entender el estado de agitación en el que se encuentra, siempre ha sido buena estudiante y quedó satisfecha con sus respuestas. Supone que es simplemente el resultado de la presión social.

Sobre la mesa, los platos con los restos de un arroz con pollo que tratan de relamer las moscas. Llevan cinco días alojados en un hotel con todo cubierto, pero el padre se ha empeñado en que le apetecía una paella y que la forma auténtica de comerlo era a pie de playa. A decir verdad, lo que les han servido en el chiringuito tampoco es que pudiera denominarse paella como tal, pero el hombre se ha quedado satisfecho.

Falta un minuto para que la vida de la adolescente cambie para siempre.


Continúa con la parte 2

sábado, 5 de julio de 2025

Último viaje

Les vi darse un abrazo. Uno de esos de despedida. Largo. De los que prefieren no darse. El viento mecía suavemente el cabello de ella y en los ojos de él se intuían un par de lágrimas deseando escapar. Eran las siete de la mañana pero la temperatura apenas había descendido en la noche y empezaban a apreciarse marcas de sudor bajo las axilas. Ella llevaba un vestido de seda y él unos desgastados pantalones vaqueros y una camiseta promocional de una maratón local.

Fue un abrazo largo. Cuando se separaron, intercambiaron un par de besos en las mejillas y no se dijeron nada. Ella se subió al coche. Era un monovolumen familiar que, con su esbelta figura al volante, parecía el inicio de algún anuncio televisivo de vida perfecta. Ella bien podría dedicarse al mundo del espectáculo, pero su vida era más bien una continua sucesión de drama. El maletero iba lleno pero no había ningún otro ocupante. Se marchaba con un profundo vacío y una montaña de incertidumbre en el horizonte. Pero se iba con el convencimiento de que iba a ser lo mejor.

Su hermano permanece inmóvil en mitad de la acera. Observa cómo el coche avanza, maniobra con delicadeza y se aleja calle abajo. Se recuerda a sí mismo de pequeño al final del verano persiguiendo en el pueblo al vehículo que se llevaba a sus mejores amigos o a los primos. Solo que ahora solo está él ya.

Se ha quedado solo. No se mueve durante más de media hora y después echa a correr en la misma dirección en la que se fue ella. Corre por las calles que van hacia la autopista, y después continúa por caminos de tierra paralelos a la carretera.

Se detiene exhausto en una gasolinera.

Paga un taxi de regreso a la ciudad. Es la primera vez que se sube a uno. Apenas habla. Solo le dice al conductor que le lleve al centro. El otro, en cambio, no calla. Y el hermano escucha y se acurruca en el sitio. 

Cuando se acuesta esa noche, sin haber querido ducharse pese al sudor pero sintiendo en su piel aquel último abrazo. Su hermana ya no está. No va a volver. Y ya está. Y mañana se levantará y será otro día.

Su hermana ahora les observa desde el cielo y él ha preferido inventarse su propio funeral.

martes, 1 de julio de 2025

El hombre del parque

Camina despacio. Con una mochila desgastada y sucia colgada del hombro derecho. Se aprecia ligera pero no vacía. Lleva chanclas y calcetines hasta las rodillas. Del hombro izquierdo cuelga una bolsa de tela blanca, impoluta, diríase incluso que recién estrenada. Se siente pesada pero no es evidente su contenido. Lleva varias horas dando vueltas por el parque. Nadie le presta especial atención, como tampoco son ajenos a su fría mirada.

Camina y solo se detiene brevemente a la sombra de algún árbol. El sudor se evidencia en su camisa y el cansancio en sus ojeras. Bebe agua de una fuente que hay a la entrada del parque. No fuma pero observa con atención cómo lo hacen otros a su alrededor.

Camina también durante toda la noche y, a la mañana siguiente, aquellos que ya lo vieron la tarde previa enseguida lo encasillan como mendigo. Nadie habla con él, tampoco él se dirige a nadie.

A media mañana, por fin sale un rato del parque: se acerca al supermercado de enfrente y compra una barra de pan y algo de fiambre, una incursión que no llega ni a la media hora. Se prepara un bocadillo en un banco y lo devora. Guarda los restos de comida en la mochila y sigue caminando; con el sudor corriendo por su cara y las ojeras pronunciándose en su rostro.

Las horas pasan, rápidas o lentas pero pasan. Sus pies ralentizan algo el ritmo pero no llegan a detenerse. El hombre camina con su mochila raquítica y la pesada bolsa de tela.

Al tercer día comienza a perder la paciencia. Se muestra torpe, borde y algo desesperado. En el momento en que se rinde, deposita en un cubo de basura a las afueras del parque la bolsa y la mochila. No pasan ni treinta segundos hasta que, de un coche con cristales tintados, y que parecía estar simplemente aparcado desde hacía días, descienden dos hombres trajeados. Uno de ellos recoge con guantes todo el contenido del cubo de la basura y el otro se abalanza sobre el supuesto mendigo. El coche se aleja del parque a gran velocidad.

viernes, 27 de junio de 2025

En mitad de la noche - 2/2

Regresa a la parte 1

Atravesaron el centro de la ciudad con el tráfico prácticamente inexistente. Aparcó a las afueras. Las criaturas, ahora humanizadas, bajaron del camión con aún más curiosidad que antes. Bibi, que hasta entonces, había permanecido seria, concentrada en la precisión de sus maniobras, comenzó a hablarles con alegría y ellos se sumaron al intercambio verbal con el mayor de los júbilos. Cualquiera podría haber dicho que se trataba de una panda de amigos dispuestos a pasar juntos aquella última noche del año.

Caminaron hasta un descampado y continuaron más allá donde la naturaleza comenzaba a hacerse algo más densa. Guiados exclusivamente por la luz de una luna que llevaba varios días decreciendo, también había quien les habría considerado parte de una secta.

La conversación animada se detuvo en seco cuando alcanzaron unas ruinas medio atrapadas por la vegetación. Para entonces el sol ya despuntaba en el horizonte. Bibi emitió varios silbidos y del interior del molino abandonado aparecieron varias ciaturas peludas que la saludaron efusivamente. Charlaron brevemente y después se acercaron a un agujero en la pared de piedra. Bibi no pasó, en cambio, fue de nuevo abrazando a cada humanoide haciéndoles recuperar su cuerpo aterciopelado y sus extremidades rocosas.

Cuando volvió a quedarse sola en medio del bosque, sonrió satisfecha y caminó de vuelta hasta el camión. Probablemente nunca volvería a cruzarse con ninguno de ellos, pero sabía que les había cambiado la vida y para bien.

Condujo hasta el supermercado y después se dirigió a pie hasta su casita. Sus vecinos podrían haber dicho que la joven volvía de una noche alocada de fiesta propia de su juventud pese a la ausencia de ojeras que así lo evidenciaran. Nada que ver con que estuviera pluriempleada para distintos mundos. Vivía en una buhardilla sin amueblar con una terraza lo suficientemente amplia para que entrara una jardinera de un metro cúbico. Bibi se desnudó por completo y accedió al macetero de tierra seca. Se hizo un ovillo y cerró los ojos. 

lunes, 23 de junio de 2025

En mitad de la noche - 1/2

Mientras que todas sus compañeras se peleaban por tener aquel día libre, ni que fuera la tarde, Bibi incluso prefería hacer horas extra. Por megafonía se intercalaban versiones modernas de los villancicos de siempre con algunas voces que anunciaban la supuesta última oportunidad para disfrutar de tal o cual oferta.

Apurando los últimos minutos antes del cierre, algunos clientas corrían de aquí para allá entre los pasillos llenando el carro como si el establecimiento no fuera a abrir nunca más, mientras que otros se recreaban en las etiquetas de vinos y espumosos. Si no fuera por la fría mirada del guardia de seguridad que vigila casi con más atención sus propios movimientos que los de los clientes, Bibi se hubiese entretenido con ellos conversando sobre el tiempo tan primaveral de aquellos días de invierno, o las tradiciones en sus respectivas familias para aquella velada en función de los productos que se llevaban.

La encargada nunca la había preguntado pero estaba segura de que, allí donde se la veía siempre tan correcta, debía haber sido una joven revolucionaria no hace tanto tiempo cuyos padres habían echado de casa y no la había quedado otra que aprender la lección. Aunque no les conociera ni tuviera la certeza de que así hubiera sido, admiraba a sus progenitores por haber tenido la mano firme que ella no lograba mostrar en su casa y, como si de su propia misión se tratara, tomaba el testigo de los padres y machacaba con mano dura a una Bibi que no daba ni un solo problema y bien podría decir que la tenía manía, pero que asumía estoicamente cada petición de su encargada.

Para cuando el supermercado cerró sus puertas, Bibi había conseguido esquivar al de seguridad y a la encargada y esconderse en el baño. Las cámaras de vigilancia tampoco eran un problema para ella. Mientras que había compañerosque  creían que tenía alguna enfermedad que la llevaba a una timidez extrema o incluso simplemente que tenía algún problema con la voz, otros pensaban que era extranjera y no dominaba bien el idioma. Tampoco era que ninguna hubiese mostrado el mínimo interés en conocerla. En cualquier caso Bibi hubiera rechazado todo intento por su parte en establecer siquiera una relación profesional. Lo cierto era que tenía sus propios objetivos profesionales.

Salió del baño sin preocuparse por las luces automáticas. Caminó al pasillo de los turrones y los polvorones; le gustaba que la primera impresión que se llevaran sus compatriotas estuviera relacionada con la tradición del momento, por facilitarles la adaptación.

Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y, con un par de movimientos que bien podría haberse dicho que eran parte de una sesión de yoga, se materializó delante de ella un velo semitransparente a través del cual comenzaron a aparecer pequeños seres con extremidades de piedra y cuerpo aterciopelado. De forma ordenada y en silencio fueron formando una fila hasta alcanzar la treintena. Entonces Bibi golpeó un par de veces el suelo con los nudillos y con varios gestos más el portal se volatilizó en el aire.

A continuación, cada criatura fue abrazando a la joven cajera y transformándose instantáneamente en un humano adulto. Cada uno diferente, hombres y mujeres, unos más altos, otros más rechonchos, rubios, de pial más morena,... Todos ellos con vestuario propio para la temperatura exterior. Lo más impactante era el cambio de su mirada: allá donde antes había tristeza y duda, e incluso una sombra de terror, aparecía la curiosidad y la esperanza. Pese a que no les agradara la transfiguración, era por una buena causa.

Completada la transformación de todas las criaturas, Bibi les llevó por el supermercado hasta el almacen. Les hizo montarse en la parte trasera de un camión y se subió ella misma como conductora.

jueves, 19 de junio de 2025

El diluvio universal

Llovió tanto aquella noche que muchas personas entendieron que se estaba repitiendo el Gran Diluvio y había un navío en algún punto cercano embarcando a una pareja de cada especie para salvaguardar su futuro. Un barco o quizás, actualizándose, una nave espacial. Y quizá tampoco una pareja de cada especie. Es más, probablemente hubiera varias naves.

La mayoría estarían fletadas por los magnates de la ciudad, unas naves que no pensaban que llegarían a utilizarla nunca pero que, en teniendo el dinero, pues ¿cómo no iban a tener ellos una de esas navecitas?. Éstas contarían con piscina, sala de cine, minigolf y zona de photocall. El aforo estaría limitado a seis personas, no fuera a ser que se invadieran los unos a los otros el espacio privado. Habría hueco, eso sí, para tres criados, pero solo para ellos, no para sus familias. Encima que les estaban salvando el culo como para que además se encargaran de su propia prole. Y un guardia de seguridad para verificar que efectivamente no entraba ningún indeseado.

Luego habría una única nave dispuesta por parte de alguna universidad. Con la mitad de espacio y algunas áreas a medio terminar porque los presupuestos generales aún no se habrían aprobado y de la cuantía del año anterior, aunque se hubiera llegado a transferir el dinero, habría una parte que habría desaparecido. De pronto no estaría y las cuentas no encjararían. Pero no pasaría nada, no habría consecuencias ni investigaciones. Al mando estaría un grupo de estudiantes sobrecualificados pero sin experiencia laboral que se esforzaría sin descanso, superando en mejor o peor medida cada crisis. Sobrepasarían, con un porcentaje relativamente alto, la capacidad máxima de cuerpos permitida en la nave, pero ¿cómo iban a dejar a nadie en tierra sabiendo el trágico final y continuar sus días como si nada?. No podían. Ni se lo llegarían a plantear.

Llovió tanto aquella noche, que para cuando dejó de hacerlo y salió el sol, aunque era evidente que aún no había llegado el fin del mundo, hubo quienes se organizaron para tratar de acabar con según qué situaciones. Aún sabiendo que era una batalla perdida.

domingo, 15 de junio de 2025

Casi

Apareció en el bar pasada la medianoche, cuando ya no se habían ido así todos y empezábamos a recoger. Un tiempo después me confesó que en realidad había llegado casi dos horas antes de lo previsto, se había tomado un café de un trago y, nerviosa, se había marchado. Por lo visto estuvo dande vueltas por el barrio bajo la lluvia hasta que finalmente se había atrevido a regresar. Honestamente, no pensaba que vendría porque la conocía. A ella y a su profunda timidez. Yo también le contaría que, al verla entrar, me froté los ojos convencido de que no estaba allí sino que era una ilusión fruto de las ganas de que se presentara.

Nos quedamos en un rincón alejado de la barra y de las miradas indiscretas de Kike y mi primo Diego. Me susurró un feliz cumpleaños que llegó a mis oídos casi como un pasteloso “te quiero y me gustaría pasar el resto de mi vida contigo”. No recuerdo si le di las gracias o me quedé embobado en sus ojos rasgados.

Me entregó una cajita de madera poco más grande que una cajetilla de tabaco. Tenía varios grabados tallados por su propio puño. Sé que me habló del porqué de aquel obsequio, una de estas historias, tiernas, llenas de superación. Juro que la escuché interesado pero entre lo acelerado que iba mi corazón y que no podía apartar la vista de sus labios, sentía que me hablaba en su idioma natal o incluso que sin hacerlo, nuestros sentidos se seguían comunicando.

De esto también hablaríamos en varias ocasiones más: ese verano de excursiones eternas y escapadas nocturnas a la playa, cuando nos reencontramos un par de años después en Escocia, cuando vino a verme a aquel pueblecito perdido en la montaña, cuando yo fui a su aldea natal, y ni una sola vez fuimos capaces de hablar de verdad.

Nos seguimos la pista por redes sociales e incluso intercambiamos a veces mensajes y postales, pero siempre hubo una cuerda invisible que el tiempo acabó por deshilachar y que ya no pudimos volver a enlazar.

miércoles, 11 de junio de 2025

Lejos

Está el abuelo junto al carrito del niño y la abuela unos metros más allá dándoles la espalda.

Día de entresemana. Laborable. Ni demasiado temprano como para que el sol solo pueda intuirse en el horizonte; ni tampoco tan avanzado el reloj como para que el astro mayor haya agotado su recorrido sobre la bóveda celeste.

El hombre mayor se encuentra sentado en un banco a la sombra mirando su móvil en horizontal. El niño, que bien podría ser una niña porque nada evidencia ni lo uno ni lo otro, está recostado en el carrito con los ojos bien abiertos y sin emitir sonido alguno. La mujer mayor está de pie hablando por teléfono, tratando de susurrar pero incapaz de hacerlo, con la vista puesta más allá de los árboles del parque y de la ciudad.

El cielo azul y una agradable temperatura primaveral. Sin viento, ni siquiera una suave brisa.

El abuelo preferiría que su incipiente pérdida de agudeza auditiva pudiera ser selectiva; o que tuviera ya unos audífonos para ampliar o apagar el mundo a su antojo. El niño, es bien chiquitito y aún ni siquiera es capaz de emitir ningún sonido. La abuela continúa al teléfono y hace como que escucha mientras piensa en bañarse en un río de agua fría. Congelada.

Hay en el parque algunos viandantes y otros que pasan corriendo. Nadie les prestará atención, ¿por qué iban a hacerlo? No están regalando nada; ni siquiera una hermosa imagen familiar.

El abuelo está viendo una serie japonesa en una de las muchas plataformas de pago de video bajo demanda. Le ha puesto subtítulos en castellano que pasan demasiado rápido y no se está enterando de nada, pero no levanta la mirada ni un solo segundo de la pantalla. El niño tampoco puede todavía distinguir objetos con claridad, pero sus ojos sí que son capaces de hacer el seguimiento de la paloma que se ha posado entre el banco y la farola. La abuela ha colgado la llamada hace más de un minuto pero aún no se ha movido, casi que ni ha parpadeado.

Se aprecian algunas flores en el césped, pero aún les quedan unas semanas para mostrarse en todo su esplendor. La hierba, en cambio, crece salvaje.

La abuela y el abuelo hacen una pareja que lleva más de cuarenta años de casados. Ella le toca el hombro y él se levanta, aún con los ojos sobre los subtítulos y los dientes bien apretados. Ella parece que va a llorar pero ya no le quedan lágrimas. El niño, que aún es muy chiquito, crecerá fuerte y sano, piensan ambos.

Todavía quedan algunos charcos capaces de embarrar a los perros más juguetones. Hay otros que ya están secos pero dejan profundos socavones.

La abuela y el abuelo se van del parque con paso firme y el corazón encogido. El niño no recordará esa primavera, ni a ese matrimonio que fueron sus abuelos, solo sabrá que su vida iba a ser otra y que no es conveniente que sepa más. Ni lo hará.

sábado, 7 de junio de 2025

La comitiva

Es un hombre como podía haber sido una mujer; pero en este caso se trata de un cuerpo del género masculino; pasados los cuarenta pero no tan cerca de alcanzar el siguiente cambio de década. Viste con una camisa azul clara y vaqueros. Lleva una chaqueta verde de traje desabrochada porque le queda un poco apretada. Deportivas y gafas de sol. De marca pero discretas. Camina рог el parque sosteniendo una correa de perro. Con un chucho al otro extremo; aunque más bien es éste el que pasea al humano. Y más que chucho, perrazo, de gesto serio, concentrado en su tarea y mostrando los dientes cada nueve pasos.

Es una tarde soleada de primavera у la temperatura es agradable. El perro de pronto se adentra en el césped como que sigue dirigente por el centro del camino de tierra. No se detiene y mantiene el ritmo constante, con la mirada al frente. Se muestra calmado, sin emitir ni un balbuceo. Mantiene la correa en una débil y estudiada tensión para que su humano no se detenga. No le dedica ni la mínima atención a otros viandantes ni demás seres vivos. Su dueño no es que esté embobado, es que le ignora mientras va enfrascado en su conversación. Habla for teléfono a través de unos auriculares con cable.

Podría pensarse que el varón es ciego, pero nada más lejos de la realidad: su vista se conserva perfectamente, solo una ligera miopía que revisa con regularidad. Su aparato fonador tambien funciona perfectamente; no es que vaya chillándole a los auriculares pero su voz profunda se escucha a varios metros de distancia. No queda muy claro quien es su interlocutor, no menciona ningún nombre ni establece una relación familiar, pero el tema de conversación es la cita médica de una madre. No se sabe de qué madre concretamente porque hay muchas madres esparcidas por el mundo y él no especifica.

Ampliando el campo de visión y a distancias intermitentes pero claramente vinculadas al perrito y su paseador, se aprecian cuatro palomas caminando con la misma determinación que la mascota. Serias. Firmes en su seguimiento. A veces más lentas, acelerando o atrachando por mitad del medio para mantenerse lo suficientemente cerca. Sin llegar a alzar el vuelo.

El hombre no parece estar de acuerdo con su interlocutor y emite profundas aseveraciones, pero no modifica su tono, ni se vuelve violento ni realiza aspavientos. Habla y camina sin llegar
a ser un autómata ni cuestionarse las inflexiones de su voz o los movimientos de sus pies.

Abriendo un poco más la panorámica tambien se observa a un grupe de gorriones volando de árbol en arbol en torno al can. Intercalan el salto entre ramas y la extension de sus alas en el aire. No es tan fácil determinar la cantidad exacta de aves realizando el seguimiento. Algunas se confunden entre las hojas de las capas más altas y mezclándose entre las cotorras.

La conversación se prolonga por más de media hora; no se vuelve densa, si acaso reiterativa, resulta evidente la necesidad de llegar a una conclusión.

Perro y pajaros se mantienen firmes en su tarea sin mostrar el mínimo cansancio ni dejarse llevar por la interacción de otros mamíferos.

No ha habido una despedida formal ni tampoco un corte de la señal, pero ahora el hombre ha dejado de hablar y se quita los auriculares. Sin más. El grupo de gorriones baja a tierra firme y las palomas se dispersan en el aire. Como si fueran solo simples aves. El perro se vuelve juguetón y brinca persiguiendo a las primeras mariposas de la primavera. Como si fuera nada más que una mascota. El hombre camina por el parque. Casi podría decirse que es nada más que un humano inocente más.

martes, 3 de junio de 2025

Ficción: acción y efecto de fingir

Era uno de esos días de primavera que tan pronto te cae un aguacero como que te sale un sol espléndido; uno de esos que comienza con caras amargas y acaban con agujetas en los mofletes de tanto reír; uno de los que parecen no acabar nunca y las horas después se aceleran.

Era un parque de cerezos en flor y árboles frutales aún mostrando solo su esqueleto; uno inmenso en medio de una ciudad aún más grande; tan hermoso como la polución le permite oxigenarse; uno conocido más allá de las fronteras.

Era ese al que las masas coreaban y de quien apenas se sabía nada y todo a la vez; uno que creció sobre un plató de televisión y jamás conoció un hogar; aquel siempre rodeado de gente que solo podía dormir tras beber un par de botellas de alcohol.

Era una escena más, una de tantas que se había preparado, la octava del día, la que abriría la película, una sencilla que no les llevaría más que un par de tomas; era su rutina, su sueldo y su identidad.

Echó a correr. Sin previo aviso y en mitad de una frase. Corrió más allá del set. Saltó y cayó. Se levantó y siguió corriendo, realmente incapaz de escuchar las voces que trataban de llamar su atención. Siguió más allá del parque y del atardecer. Con la visión borrosa y los puños apretados.

Se pudo arrepentir de muchas decisiones. Menos de aquella. Para cuando volvió a aparecer en la ciudad, ya nadie recordaba su nombre ni su historia.

domingo, 18 de mayo de 2025

Los ojos cerrados

Una ráfaga de viento. Fría, acariciando el rostro con una cuchilla. Con un látigo en cada bocanada. El vendaval como una complaciente brisa. Los dientes apretados y la lluvia cubriendo los campos y las carreteras, los prados y los edificios. Los ojos cerrados y la piel áspera.

La voz que sale de una garganta sin cuerdas vocales. Las luces apagadas y el cielo iluminado. El barro. El río adormilado роrquе yа sobrepasó su jornada de trabajo. Algunos árboles complacientes y otras rocas que se escapan. La marea antes de llegar al océano. Los ojos cerrados y el fuege extinto.

Un vacío grande, inmenso, inquebrantable. Un vacío absurdo pero real. Todas las estrellas ahogando un suspiro y ciertos satélites perdiendo su órbita. Amapolas. Un sueño profundo y otros que se desvanecen. El desconsuelo. La noche que no cesa. Un número de tres cifras con el que rellenar una estadística. El menosprecio más absoluto y la culpa inexistente. La cabeza bien alta para dictar sentencia, para no olvidar. El largo camino hacia el amanecer y las horas desaparecidas. Los ojos cerrados y los pies ligeros.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Eclipse lunar

Vengo sintiendo
una explosión en la raiz de mi cuerpo
que arrasa los campos ya incendiados
y las torres que me sostienen.

Vengo sintiendo
cómo mi cuerpo se desmorona:
desde la ausencia de oxígeno en mis pulmones
al exceso de pulsaciones al despertar.

Ahora estoy viendo
cómo el silencio se apodera de mis sueños
mientras el mar se va alejando
porque gritan mis entrañas.

Puedo escuchar
la noche desvaneciéndose
y las flores perdiendo su brillo
hasta acabar convertidas en hierro.

Vengo sintiendo
la escarcha esparciéndose por mis mejillas,
la penumbra apoderándose de mi aliento,
mis labios olvidando el olor de la primavera.

sábado, 10 de mayo de 2025

Eclipse solar

Vengo sintiendo
las motas de polvo trepando por los tejados,
aporreando en las ventanas
y alcanzando la parte más densa del tuétano.

Vengo sintiendo
la tierra deshacerse bajo mis pies
dejando la piel desnuda
y las uñas afiladas.

Ahora estoy viendo
las rocas desprenderse desde lo alto del acantilado,
chocarse contra el fango
y convertirse en diamantes relucientes.

Puedo escuchar
el cielo cayéndose a pedazos
retando a las tinieblas
y atravesando mis palabras.

Vengo sintiendo
las horas congregarse ante mis dudas,
darse un par de puñetazos
y volverse inertes sobre el reloj de arena.

martes, 6 de mayo de 2025

Lo que era nuestro

Se ha roto
en mil pedazos que intentas recoger
y estallan solo con rozarlos,
que se clavan en la piel
dejando directamente cicatrices.

Se ha difuminado,
un cuaderno lleno de recuerdos
con palabras borrosas,
el dibujo de un día alegre
ahora está guardado en el trastero.

Se ha extinguido,
quedan cerillas y mecheros
pero la mecha se ha agotado
y aún así queman los labios
y se derriten las miradas.

viernes, 2 de mayo de 2025

Un asidero en el muro de ladrillos

Desde mi ventana puedo ver la cuerda de un tenderete. Es solo una como única fuerza de la estructura. No tiene tensión y es mecida y sacudida por el viento. Con la colada se convierte en un cuerpo inerte; sin ella, es la rama de un árbol que está por caerse.

Desde mi ventana siento el estómago rugir y mis manos temblar. Es solo una llama que se apaga y una bombilla que se enciende. No tiene sentido y aún así La Tierra sigue girando, como puedo seguir caminando pero no soy capaz de alcanzar el rellano de mi portal.

Desde mi ventana escucho el murmullo de los pájaros y los gritos atronadores de los andamios. La cama está aún sin hacer y la pila está colapsada de platos y sartenes. Pero hay una flor en el jarrón del salón que bien podría ser un denso jardín.

Desde mi ventana soy capaz de acariciar el atardecer y olvidar la distancia con el mar. Puedo bailar e incluso respirar, pero mis manos ya no se sienten y la corriente del rio fluye sin un resquicio al que agarrarse.

Desde mi ventana veo cables, antenas y las unidades exteriores de los aires acondicionados, se aprecian los canalones atascados y algunas tejas rotas, y más allá, el cielo azul. El cielo y su libertad.

lunes, 28 de abril de 2025

La cita pendiente

Cuando nos volvamos a ver puede que me haya vuelto ciega, que no tenga aliento mi voz y que mis manos ya no sepan acariciarte. Estaré anquilosada y a la vez seré volátil. Cuando nos volvamos a ver quizá no haya pasado tanto tiempo pero se habrá formado un precipicio tan inmenso que será como empezar de cero pero con una mochila cargada de piedras que no nos estará permitido dejar sobre la tierra ni el asfalto. Seremos frágiles y clamaremos por la resistencia.

En el día en que nos crucemos de nuevo habrá silencio y luego un rio de palabras, estarán mis ojos perdidos porque ya no sabrán cuál es su puerto. En el día del reencuentro sabrá el volcán inactivo que debe permanecer dormido como el corazón seguirá latiendo sin percibir la herida que sangra.

Cuando nos volvamos a ver quizá ya no te recuerde y se me haya vaciado la memoria, sabré que eres tú y a la vez continuaré inerte por mi camino. Cuando nos volvamos a ver puede que el aroma de la sal se haya incrustrado en mis fosas nasales y que mis papilas gustativas hayan olvidado tu nombre.

jueves, 24 de abril de 2025

La puerta abierta - La eterna duda (3d)

Regresa a Algo está pasando.

Enciende la linterna del móvil y se adentra un poco más en el trastero, temerosa de que de pronto se cierre la puerta y se revele el verdadero motivo de que esté abierta. Pero no. Ni la puerta se cierra ni la linterna le sirve para revelar absolutamente nada. Es una estancia oscura y húmeda. Ya está. Sin mayor misterio. ¿Y entonces?.

Rocío se siente realmente incómoda. Revisa la estancia con extrema atención. Se le ocurre que a lo mejor hay algún huequecillo por el que se generen corrientes de aire y a lo mejor… No tiene mucho sentido pero…

¿Y un ratoncillo? Le daría profundo pavor pero al menos sería una explicación medianamente lógica. ¿Debía correr al supermercado a por varios botes de raticida?.

Pasa lo que le queda de tarde y parte de la noche revisando el trastero y con el constante pensamiento de no estar viendo algo que tiene delante de sus ojos. ¿Un alienígena invisible?.

Se acuesta a las tres de la mañana y se despierta sobresaltada varias veces. La puerta sigue cerrada. Va a trabajar con profundas ojeras y dudando hasta de su sombra. Por primera vez en su vida y consciente de que no puede servir de precedente, hace varias horas extra sin que le suponga ningún problema. Es más, decide cenar en un bar cutre que, ante todo, la obliga a llegar a casa cerca de las once de la noche.

Lo revisa nuevamente sin llegar a ninguna nueva conclusión. Llama incluso a un amigo asegurándole que tiene cucarachas y vacían todo el trastero en busca del mínimo resquicio que así lo evidencie. Otra tarde se la pasa recorriendo cada tablilla de la habitación confiando en que haya alguna suelta que pueda estar forzando algún cambio de presión en el suelo y la posterior apertura de la puerta. Tampoco se produce.

Se rinde e incluso le resta importancia. Y a la mañana siguiente sucede de nuevo. Esta vez con ella misma durmiendo a unos metros. Repite el proceso como se repite su nula explicación. Pasa a sucederla de forma relativamente regular, sin un patrón concreto temporal pero sí con cierta frecuencia. Nunca llega a averiguar por qué sucede, pero esa duda la carcome, la revuelve y la lleva a mudarse a otro barrio.

domingo, 20 de abril de 2025

La parte cóncava de los últimos meses

Un movimiento que se repite. Parece casual. Es mecánico. La respiración puesta en pausa. Parece forzado. Está flotando. Los huesos manejados por la inercia y los músculos atrofiados. El día de mañana. El día de después. La mirada sobre el horizonte y los pies sobre el ayer.

Una pataleta. Una soga. Un mordisco. El océano que solo está en la memoria. Una zanja. Un acueducto. Un precipicio. Algunas noches de insomnio y otras que se esfuman por el vórtice del cansancio. Una laguna. Un conjunto de lagunas no son lagos.

Siento una piedra angular entre el calcetin y la deportiva. Me lo quito y lo sacudo. Me calzo de nuevo. Ahí sigue. Lo ignoro. Ahora no está. Ahora se ha cambiado de pie.

A veces encuentro a la luna entre las luces de la ciudad. La contemplo pero ya no me da paz. Está ahí porque es parte de la bóveda celeste pero yo ya no pertenezco a su cuadro, la miro de pasada entre el resto de pinturas que conforman el museo de la capital.

Una almohada sin funda. Una cama sin colchón. La duda sobre la mesilla. La ausencia de respuestas sobre la lámpara de noche. Un conjunto de metáforas para un suspiro sin aliento.

domingo, 23 de febrero de 2025

La puerta abierta - Un golpe en la cabeza (3a)

No puede evitar reirse histriónicamente ante lo que se encuentra delante de sus ojos. En aquella estancia oscura y húmeda hay cientos de luciérnagas brillando intensamente y un pequeño ser alado sentado de espaldas. Debe estar aún dormida o haberse dado un buen golpe según ha entrado en casa, pero desde luego que algo no anda bien por su cabeza.

El escándalo de sus carcajadas asusta a las luciérnagas que se arremolinan al fondo del trastero y dejan de emitir luz. El ser alado, en cambio, se pone de pie y se gira hacia ella con determinación. Tiene la estatura de un niño de poco más de un año aunque sus facciones son más bien las de un anciano; se mantiene erguido, y Roció puede observar cómo las arrugas pueblan su rostro y su expresión es seria.

Con la mano izquierda se pellizca primero el antebrazo derecho y luego la mejilla. Claramente está despierta. Dejar de reir de golpe, empieza a no gustarle la situación. Rocío siente cómo su corazón comienza a acelerarse y su respiración se va agitando.

El… ¿hado? no aparta la mirada de ella pero ha empezado a agitar suavemente sus alas mientras que ha extendido el pie derecho hacia atrás retirando aún más de la vista de la joven una pequeña bolsa de tela. A Rocío no le queda claro si su mirada es solo de curiosidad o hay algo más. Pero no tiene intención de quedarse a averiguarlo.

La muchacha se gira bruscamente y cierra de un portazo de un trastero. Atraviesa corriendo la habitación y continúa por el pasillo. No tiene ningún plan pero correr ya le parece la mejor de las ideas.

Para cuando alcanza el picaporte de la puerta de su piso, se encuentra con el hombre alado rodeado de luciérnagas junto a ella.


Próximamente continúa con "El mundo de las pesadillas"

Próximamente continúa con "El mundo de los sueños"

miércoles, 19 de febrero de 2025

La puerta abierta - Responsabilidad del arrendatario (3B)

Regresa a Algo está pasando

¿Como no iba tener frío si hay un agujero de varios centímetros en el techo? Se siente un poco decepcionada. Tanto misterio para algo así de simple. Guarda el teléfono en el bolsillo del pantalón. Si bien es cierto que Rocío viene sintiendo que este invierno está haciendo más frío en la casa, no se imaginaba que ese fuera el origen. Se siene un poco estúpida. No, muy estúpida.

A modo provisional, pone un par de cartones de leche con un poco de cinta aislante, cutre pero temporal, y deja varias bolsas de plástico en el suelo. Cierra la puerta del trastero y regresa al salón. Llama a su casero. Nunca antes le ha llamado, llegó al piso a través de una plataforma online y sólo se vieron diez minutos cuando lo visitó la primera vez y otros tantos para firmar el contrato de alquiler. Después no ha tenido ningún tipo de problema, paga en los tiempos establecidos y ya.

El hombre contesta borde: debería saber que eso es problema del arrendatario, o lo que es lo mismo, suyo, que así está en el contrato y que no le moleste con chiquilladas. Rocío argumenta que es una cuestión estructural y que podría haber estado ya así cuando ella se mudó o que quizá en alguna de las veces que habían estado los albañiles cambiando tejas, hubieran “olvidado” aquel estropicio. Lo cierto es que por más que lo intenta, no logra convencerle.

Disgustada, enfurecida y cansada, se mete en la ducha y se promete llamar a un especialista (sea quien sea porque lo cierto es que tampoco tiene claro a quien llamar) en cuanto se ponga el pijama. Pero media adormecida tras el agua caliente, considera que es demasiado tarde para llamarle y que, a fin de cuentas, a saber cuánto tiempo lleva con ello así, por un día más no pasará nada.

Al día siguiente sale un par de horas más tarde del trabajo y comienza un periplo de dos semanas de continuas horas extras que la llevarán a dimitir en el momento más inoportuno. Inoportuno para la empresa, el momento perfecto para ella. Se acordará del agujero prácticamente todos los días, sobre todo los lluviosos, pero seguirá posponiendo la llamada entre pitos y flautas.

Se olvidará por completo del agujero tres meses después.

Solo al año siguiente, cuando encuentre el que será el trabajo de su vida y se mude al otro lado del planeta, volverá a entrar en el trastero; le dará bastante asco la humedad, pero retirará con unos guantes los plásticos y los cartones mugrosos y medio deshechos. El agujero será más grande y visible. No teniendo un depósito de alquiler (por otro tipo de irregularidades varias sobre las que Rocío no quiso investigar por interés propio) y pillando al casero disfrutando de las vacaciones en Las Maldivas, Rocío le dejará aquel regalito y las llaves dentro del buzón tal.

sábado, 15 de febrero de 2025

Texto, texto y texto

La semana pasada estuve viendo "Los gigantes de la montaña", una pieza de AlmaViva Teatro partiendo de la obra homónima de Luigi Pirandello. A excepción de la escenografía, ni lo entendí, ni lo disfruté.

En primer lugar, mientras está pasando público, con cierta "sutileza" los actores se pasean tomando o recolocando el atrezzo. La idea puede ser interesante si está bien ejecutada, pero cuando ves al actor tomando un paraguas observándolo y devolviéndolo al mismo lugar, llega el siguiente y hace poco más pero cumpliendo con su "presencia" de actor, no tiene ningún sentido.

Cabe señalar como segundo "detalle" no convencional, que la obra no sucede en un único escenario, sino que el público comienza en un espacio y se traslada después: primeramente en el hall del Teatro Fernán Gómez y después en la Sala Jardiel Poncela, para regresa al hall en los últimos diez minutos. Como concepto es interesante y desde luego que la transición del primer al segundo espacio muy natural, quizá no tanto en el tercero, probablemente también fruto de su excesiva duración de ciento veinte minutos.

En cuanto al texto, recuerda en ciertos aspectos a "Seis personajes en busca de autor" del mismo dramaturgo, y de la misma manera que me pasó con esto, aprecio buenas ideas pero no una buena dramaturgia; se me hace densa en su metanarrativa y, en la versión escénica concretamente, con un diálogo constante que aturrulla los oídos. Quiero decir, a veces es interesante cómo juega con la polifonía de los distintos personajes, pero ante todo, no hay silencios, no hay apenas pausas, y eso, al menos bajo mi punto de vista, cansa.

A nivel interpretativo descubrí un par de caras nuevas, que no jóvenes, y eso siempre es reseñable. Apreció, en todos ellos, eso sí, el trabajo con el cuerpo y la dificultad añadida en el hall del teatro, de estar iluminando a los compañeros con una linterna. Entiéndase que habían instalado focos, pero igualmente se recurría a las linternas a modo de puntuales. De nuevo, creo que una idea interesante pero no considero personalmente que tan bien ejecutada, sobre todo por la cantidad de veces que la luz enfocaba al público. 

La iluminación en ese primer espacio me defraudó notablemente, cuando pasaron a la sala convencional sí había un diseño potente, pero como para no lograrlo con tantísimos focos.

El punto a favor estuvo para mí en la escenografía, pocas veces me habrá sucedido esto pero fue lo que más me atrajo de la propuesta. En el primer espacio había una serie de espejos de superficie algo difusa rodeando una columna, y por delante unas prácticas cajas de las que sacar vestuario y utilería varia; sencillo y poético. En el segundo, nos encontramos con todo un frente de ropa blanca colgada en sus perchas y apenas tres sillas. De nuevo, sencillo pero poético.

En definitiva, lo sentí como un batiburrillo de elementos interesantes por separado que al juntarse caen en picado.

martes, 11 de febrero de 2025

La puerta abierta - Algo está pasando - 2

Regresa a Algo no está bien

Enciende la luz de la habitación. Desde luego que no escucha nada en particular que la deba hacer alarmarse, pero esa puerta lleva al menos cinco años cerrada y ya no lo está. Toma su móvil y marca el número de la policia. Todavía no llama. ¿Debería? Avanza despacio. La habitación sigue como la dejó antes de marcharse a trabajar.

Recuerda haberse levantado esa mañana. Haber tenido la ventana abierta por diez minutos mientras se preparaba el desayuno y haber hecho la cama. Recuerda haberse vestido y cogido una mochililla colgada precisamente de uno de los enganches de la puerta del trastero. Pero es absurdo que eso la hubiera abierto. No es la primera vez lo cuelga y lo descuelga. ¡Y no tiene ningún sentido! Además, que se hubiera dado cuenta en el momento. ¡Y que no!, que antes de salir de la habitación siempre hecha un último vistazo para asegurarse que no se olvida nada, ¡y la puerta no estaba abierta!

Rocío suspira lentamente y avanza hasta situarse a esos centímetros. Le da la sensación de que hay algo de luz en el interior. No sabe cómo pero está prácticamente convencida.

Y se escucha algo. Es una especie de… ¿susurro? No es capaz de identificar ninguna palabra… ¿Un silbido? ¿La madera crujiendo? Es débil en cuanto a volúmen pero grave. Siente frío. A lo mejor es solo fruto del miedo y la temperatura realmente no es más baja de lo normal, pero no puede asegurarlo.

¿Debería gritar? ¿Debería salir corriendo, ponerse a salvo y, solo entonces, llamar a la policía? ¿Debería dejarse de tanta tontería y abrir la puerta? ¿Qué es lo peor que puede pasarla?

Rocío sostiene con la mano izquierda su móvil y con la derecha toma el pomo. La puerta chirría al tirar de ella. Rocío se asoma al interior del trastero.


Próximamente continúa con Un golpe en la cabeza

Continúa con Responsabilidad del arrendatario

Próximamente continúa con De carne y hueso

Continúa con La eterna duda

Próximamente continúa con El ex

viernes, 7 de febrero de 2025

La puerta abierta - Algo no está bien - 1

Rocío lleva cinco años viviendo en el piso. Justo cinco. Cinco años con sus siete trabajos de mierda, dos normalitos y uno prometedor pero de escaso rédito económico, un novio formal y un par de ligues de una noche. Es su pequeño palacio de cristal y su selva impenetrable. Porque le encanta la calma que se respira aunque lo cierto es que hay semanas en que apenas la pisa más que para dormir.

Cómodo, espacioso y céntrico. Simplemente perfecto. A veces un poco solitario. Le gustaría colgar de una vez los cuadros que le regalaron sus padres cuando se mudó por primera vez, y las pinturas que ha ido creando y que sin duda la representan… pero no tanto. Le gustaría comprar algún mueble más para que no esté todo amontado, pero ya si eso otro día.

Ha llegado a casa hace quince minutos. Ha soltado el abrigo sobre el sofá, se ha preparado un té y se ha sentado en una silla de la cocina. Está cansada. Ha sido su primer día como responsable de marketing y redes sociales de un mercadillo navideño que abrirán próximamente. Todavía no tiene claro si encajará en la categoría de trabajo de mierda o en la de normalito; el sueldo está bien y los compañeros parecen majetes, pero el primer día no cuenta, lo tiene comprobadísimo. En cualquier caso, serán solo unas semanas.

Piensa que debería abrir el ordenador para actualizar su cv y buscar nuevas ofertas. Pero se siente adormilada y hay algo que… o sea, desde que ha entrado en la casa, no sabe concretar qué es, pero hay algo que no le encaja. Huele… ¿como siempre? A lo mejor no se ha dado cuenta y tiene alguna mandarina estropeada. No, no es el olor.

Sorbe un poco de té y se pone en pie. Comprueba el frutero. Que no, no es eso. Hace más frio de lo habitual. ¿Lo hace?. Se pasea entre la cocina y el salón. Va al baño. Comprueba que el pestillo de la puerta de la calle está cerrado. Se descalza, deja las botas en mitad del pasillo y se pone las zapatillas de estar por casa. No está a gusto. Por un momento piensa que su cabeza se ha sumido inconsciente en un giro emocional y debe mudarse de nuevo, lo típico de haberte acostumbrado a la rutina y necesitar un cambio. Un gran cambio. Pero no, tampoco es eso.

Regresa a la cocina y bebe un poco más. Gira la cabeza hacia el dormitorio. No puede evitar la sorpresa: la puerta del trastero está ligeramente abierta. Ella jamás la ha abierto. Jamás. No ha tenido necesidad. Parece difícil que en cinco años no se le haya ocurrido meter allí algo de ropa o algún trasto en desuso, pero le pareció un espacio tétrico cuando visitó el piso por primera vez y no ha querido meter nada. Y ahora está abierta y no por su acción.

Continúa con "Algo está pasando"

lunes, 3 de febrero de 2025

Madurar y esas cositas de abandonar la adolescencia

El libro del mes de Enero fue "Jódete y crece" de Juan Pablo Cuevas. Amor, sexo y amistad se entrelazan en el Madrid actual siguiendo la historia de Javier, un joven que se dedica con cierto éxito al teatro, de su mejor amiga Emma y de Andrés, un actor de la última obra del dramaturgo; y por encima de todo ello, y como bien alude el título, habla de enfrentarse al futuro con muchas expectativas y de todos los miedos que surgen alrededor. 

Reconozco que no es mi género favorito de lectura pero que he disfrutado con ello. En primer lugar por su estilo de fácil lectura; interesante ahí cómo juega con la propia estética y la narrativa al encontrarnos de vez en cuando palabras tachadas como en un repensado de qué es lo más conveniente que diga tal o cual personaje.

Tiene también varios giros argumentales que sorprenden aunque quizá se enreda demasiado en la trama amorosa, más que nada resultando algo predictiva, no en vano debe considerarse que el libro está publicado en 2020 pero procede de un espectáculo teatral; y aunque pueda parecer poco tiempo, el desarrollo de ciertos tropos narrativos en los últimos años ha sido muy amplio.

Más allá de la trama puramente narrativa, como mencionaba antes puede verse la novela como un ensayo sobre la generación millenial y todos los caminos que se suponía que se abrían para ellos y que luego no han sido tantos, sino más bien todo lo contrario. El autor reflexiona a través de los personajes y lanza un mensaje esperanzador, bajo mi punto de vista, en sus últimas páginas.

Editado con Planeta de Libros, también se puede encontrar en versión Ebook.

jueves, 30 de enero de 2025

Hay un rincón del mundo

Hay un merendero dentro del bosque. El río corre enérgico entre pinos y robles. Los pájaros canturrean, vienen y van.

Hay dos familias que han llegado juntas. Los padres beben cerveza mientras vigilan a un bebé en su carrito. Las madres juegan a la orilla del río con otra niña pequeña.

Hay una pareja de jubilados que apenas se hablan. Han esparcido tantos táperes por la mesa que no queda hueco libre.

Hay un joven leyendo un libro en alemán. Sobre el banco ha dejado sus gafas de sol, una botella de agua medio vacía y una pelota de papel de aluminio arrugado.

Hay un grito en el bosque y luego un silencio sepulcral. Todos buscan con la mirada el origen del alarido. Nadie se mueve. Solo el bebé emite un par de arrullos.

Hay un bramido divino. Las aves alzan el vuelo.

Hay un cambio en el universo.